Caudillo, Ejército, Pueblo

 

EL MODELO VENEZOLANO

O

 LA POSDEMOCRACIA

 

Norberto Ceresole ([1])

Caracas, Enero-Febrero de 1999 ([2])

 

INDICE

Capítulo 1:

Caudillo, Ejército, Pueblo

Capítulo 2:

La participación popular

Capítulo 3:

La situación internacional. La crisis del Nuevo Orden Mundial

Resumen y Conclusiones:

Cambios internos y Conflictos externos

 

 CAPÍTULO 1

 

Caudillo, Ejército, Pueblo

 

 "Pero el enemigo es una fuerza objetiva... El enemigo auténtico no se deja engañar... Cuidado, pues. No hables ligeramente del enemigo. Uno se clasifica por sus enemigos. Te pones en cierta categoría por lo que reconoces como enemistad. Es fatal el caso de los destructores que se justifican con el argumento de que hay que aniquilar a los destructores. Toda destrucción es autodestrucción. El enemigo, en cambio, es lo otro"

 

Carl Schmitt, Ex Captivitate Salus.

 

 La orden que emite el pueblo de Venezuela el 6 de diciembre de 1998 es clara y terminante. Una persona física, y no una idea abstracta o un “partido” genérico, fue “delegada” - por ese pueblo - para ejercer un poder. La orden popular que definió ese poder físico y personal incluyó, por supuesto, la necesidad de transformar integralmente el país y re-ubicar a Venezuela, de una manera distinta, en el sistema internacional.

 

Hay entonces una orden social mayoritaria que transforma a un antiguo líder militar en un caudillo nacional. La transformación de aquel líder en este caudillo hubiese sido imposible de no haber mediado: 1) el golpe de Estado anterior no consumado y, 2) de no haberse producido la decisión democrática del pueblo de Venezuela del 6 de diciembre de 1998. Es una decisión democrática pocas veces vista en la historia moderna lo que transforma un líder “golpista” en un jefe nacional. Hubo decisión democrática porque antes hubo una militarización de la política. El anterior golpismo - la necesario militarización de la política - fue la condición sine qua non de la existencia de un Modelo Venezolano posdemocrático. De allí que no deba sorprender a nadie la aparición - en el futuro inmediato - de un “partido” cívico-militar, como conductor secundario - detrás del caudillo nacional - del proceso revolucionario venezolano.

 

Todos estos elementos [“Orden”, o “mandato popular”; líder militar devenido en caudillo o jefe nacional; ausencia de instituciones intermedias eficaces; presencia de un grupo importante de “apóstoles” (núcleo del futuro partido “cívico-militar”) que intermedian con generosidad y grandeza entre el caudillo y la masa; ausencia de ideologizaciones parasitarias preexistentes, etc.] conforman un modelo de cambio - en verdad, un modelo revolucionario - absolutamente inédito, aunque con claras tradiciones históricas, hasta el momento subestimadas y denigradas por el pensamiento sociológico anglo-norteamericano.

 

El modelo venezolano no es una construcción teórica, sino una emergencia de la realidad. Es el resultado de una confluencia de factores que podríamos definir como “físicos”  (en oposición a los llamados factores “ideológicos”) que no habían sido pre-pensados. El resultado de esa confluencia de factores es un modelo revolucionario que pivota sobre una relación básica entre un caudillo nacional y una masa popular absolutamente mayoritaria, que lo designó a él, personalmente, como su representante, para operar un cambio amplio pero sobre todo profundo.

 

El modelo venezolano no se parece a nada de lo conocido, aunque nos recuerda una historia propia, que generalmente hemos negado por nuestra anterior adscripción y subordinación ante los tabúes del pensamiento occidental-racionalista (marxismo incluído):

 

   *Se diferencia del “modelo democrático” (tanto liberal como neo-liberal) porque dentro de la orden popular (mandato) está implícita - con claridad meridiana - la idea de que el poder debe permanecer concentrado, unificado y centralizado (el pueblo elige a una persona (que es automáticamente proyectada al plano de la metapolítica) y no a una “idea” o “institución”). No es un modelo “anti-democrático”, sino “pos-democrático”.

 

   *Se diferencia de todas las formas de “socialismo real” conocidas durante el siglo XX, porque ni la “ideología” ni el “partido” juegan roles dogmáticos, ni siquiera significativos. En todos los casos conocidos los partidos comunistas llegan al poder por guerra civil interior, guerra internacional o invasión militar.

 

   *Se diferencia de los caudillismos tradicionales o “conservadores”, porque el mandato u orden popular que transforma a un líder militar en un dirigente nacional con proyecciones internacionales fue expresado no sólo democráticamente, sino, además, con un sentido determinado: conservación de la cultura (independencia nacional), pero transformación de la estructura (social, económica y moral).

 

   *Es distinto de los nacionalismos europeos de la primera posguerra, por algunos de los elementos ya señalados que lo diferencian del “socialismo real”: ni “partido” ni “ideología” cumplen funciones motoras dentro del modelo, aunque aquellos partidos nacionalistas hayan llegado al poder por decisiones originalmente democráticas (voto popular).

 

El modelo venezolano posdemocrático es una manifestación clara de que en la América de raíz hispánica existen fuerzas profundas que buscan diferenciarla de los modelos independentistas instaurados por las revoluciones inglesa y francesa del siglo XVIII. Los antecedentes de la posdemocracia venezolana deben buscarse en otros movimientos nacionales y populares, como el peronismo argentino, que siempre gobernó dentro del sistema democrático (ni un sólo día dejaron de funcionar los tres poderes de la dogmática liberal), pero requiriendo permanentemente la participación de un pueblo dignificado y de un ejército nacionalizado e industrializado. Es asimismo irresistible comparar la posdemocracia venezolana con el proceso de la revolución cubana: desde la caída de Moscú lo único que hoy queda vivo en ella es la acción pertinaz de un caudillo que aglutina al pueblo-nación. Sin ese cemento implosionaría la totalidad del sistema: después de cuarenta años de experimentos nada quedaría en pie a los pocos minutos de la eventual desaparición del caudillo. En ese sentido, también, la posdemocracia venezolana es una tradición fuertemente arraigada en la cultura política hispano-criolla.

 

Liberales (y neoliberales) y marxistas de todo tipo buscarán atacar al modelo venezolano - simultánea o alternativamente - desde dos ángulos que ya han sido perfectamente diseñados. Los primeros exigirán la “distribución o democratización del poder”, y los segundos la “participación popular”, en el sentido de sustitución (reemplazo) de “líder” (concreto, físico) por “pueblo” (abstracto, genérico). Por lo demás, y en toda lógica, la distribución o licuación del poder parece casar muy bien con la idea de “participación popular”. Y ello es así en la exacta medida que el marxismo representó, en la historia de las ideas, la exacerbación (su puesta en el límite) del Iluminismo y sus concecuencias: el racionalismo y el positivismo.

 

Los primeros exigirán desmontar el “presidencialismo”, potenciar el corruptor pseudo caudillismo local (gobernaciones, municipalidades, etc.), reforzar los poderes legislativo y judicial, liquidar el “centralismo” del Estado y, finalmente, diluir su poder para insertarlo en el “Nuevo Orden Mundial”. Los segundos buscarán fundamentar la falsa idea y la demencial esperanza (nunca jamás verificada en la historia) de que puede existir “participación popular” sin liderazgo físico y personal, sin “dialéctica” masa-caudillo, o que esa participación puede o debe buscarse fuera o independientemente de esa relación entre los dos polos centrales del modelo: el caudillo y la masa.

 

Esas serán las dos vía básicas de la contrarrevolución venezolana. Ambas ya están activadas y se están manifestando con mucha fuerza en torno a la Constituyente, pero ahora los intentos por desvirtuarla ya no se manifiestan como oposición a la misma, sino como impulsos orientados a su desnaturalización.

 

La Constituyente

 

Los desnaturalizadores pretenden que la Constituyente deje de ser una instancia imprescindible para racionalizar administrativamente el poder, y se convierta en un mecanismo de “distribución” o licuación del poder. Es decir, en proceso entrópico que produzca una pérdida acelerada de energía política. Y ello, curiosamente, a muy pocos días de haberse pronunciado el pueblo venezolano, mayoritaria y contundentemente, por todo lo contrario: la concentración y la centralización del poder.

 

Dada la existencia ineludible de ese mandato, la Constituyente no puede ser un “proceso independiente” de la orden popular ya emitida el 6 de diciembre de 1998, sino parte indesligable de la misma. Para que ello sea así, los constituyentes - en tanto personas físicas - deberían ser, exclusivamente, los “amigos del pueblo”, los “apóstoles” del presidente, por él designados y, luego, consensuados por el pueblo, con un “sí” o un “no” definitivo ([3]).

 

En el Modelo Venezolano el poder emerge fundamentalmente de la relación Caudillo-masa. Existen otras instancias y niveles en donde también se produce poder, como los cuadros de conducción que hemos denominado “apóstoles”. Ese poder así producido debe comprenderse como un objeto físico que, al fracturarse o “distribuirse” o disolverse, se “gasifica” y, automáticamente, se licúa y diluye. La des-concentración del poder fue siempre el antecedente inexorable de la muerte de cualquier estrategia social antisistema, cualquiera haya sido su signo ideológico, su “tempo” histórico o su campo de alicación (nacional o internacional). La concentración de poder es imprescindible para la producción de poder con un entorno exterior agresivo, ya que el Poder es la principal escala de medición de toda acción política - incluyendo el pensamiento político - en cualquiera de sus niveles.

 

Queda, naturalmente, pendiente, el tema final de la distribución del poder, que se puede convertir en prioritario por la muerte del líder y/o la desaparición de las instancias dramáticas que entornan actualmente al modelo, correspondan estas a la política interior o la política internacional. Pero eso ya sería tema de otra circunstancia, muy distinta a la que afecta actualmente a Venezuela. El problema que se le plantea a las sociedades y a las fuerzas políticas ubicadas en los "mundos" del no/occidente y de la periferia de occidente es cómo enfrentar una crisis internacional inédita que día a día generará condiciones crecientes de excepcionalidad.

 

En última instancia la acción y el pensamiento políticos deberían poder representarse como una matriz de producción de poder, en la cual cada "política", cualquiera fuese su escala -municipal, provincial, nacional, regional e internacional-, o su naturaleza -social, cultural, económica, militar, etc-, pueda ser comprendida como un input de un sistema capaz de producir un output llamado poder.

 

La finalidad última de toda estrategia es organizar la interconexión óptima entre cada componente de la matriz, lo que conlleva a incrementar el poder de una determinada "unidad" política: como p.e., el Estado/nación. La forma de incrementar el poder -entendido como producto final de una matriz- es aumentando la cantidad y calidad de insumos - “políticas” - que ingresan al sistema, pero sobre todo, estableciendo una determinada calidad de relacionamiento entre ellos.

 

Desde el inicio, la forma institucional que adopta el poder adquiere una importancia extraordinaria, ya que ella es uno de los factores centrales que hace a la capacidad de generarlo, acumularlo e incrementarlo. Existen dos formas institucionales polares para administrar el poder en cualquiera de sus fases (generación, acumulación e incremento): la forma concentrativa y la forma distributiva. Sólo en sus expresiones distorsionadas y dependientes, la forma concentrativa es una "dictadura"  y la forma distributiva es una "democracia".

 

Las formas concentrativas que adopta el poder pueden estar basadas en presupuestos distintos: de "clase", de "raza", de "nación", de "destino", etc., pero en todos los casos y circunstancias esas formas emergen en circunstancias excepcionales, críticas o límites. Siempre existe la mediación de una circunstancia dramática de la historia.

 

Generalmente se da por sobreentendido de que las formas distributivas del poder nacen todas en el Iluminismo que entorna a las revoluciones inglesa, norteamericana y francesa. Ello es relativamente cierto en términos de cultura "occidental". Es un hecho que en los amplios espacios y en las crecientes concentraciones demográficas del mundo "no/occidental" y en la misma "periferia de occidente" ("mundo" al cual pertenecemos) la democracia Iluminista no ha funcionado ni funciona en términos de sistema político distributivo. Tradicionalmente se planteó como alternativa a esa inviabilidad largamente comprobada la implantación de dictaduras coherentes y cooptadas por las potencias hegemónicas respectivas.

 

De hecho en el no-occidente y en la periferia de occidente nunca - o casi nunca - la "democracia" tuvo un contenido estratégico opuesto a la "dictadura". Existió más bien continuidad entre ambas formas de administrar el poder porque las "democracias" no fueron ni son distributivas (hacia dentro) y las "dictaduras" fueron y son concentrativas sólo "hacia fuera" (en función de un presupuesto estratégico externo señalado, en cada caso, por la potencia hegemónica).

 

Ello exige precisar bajo qué formas institucionales esas fuerzas políticas, alejadas y/o expulsadas de los cinco principios básicos que determinan al "nuevo discurso político" (abdicación, adscripción, servicio, continuidad y conservadurismo), bajo qué formas ellas pueden administrar el poder interior (y hacia el exterior) en condiciones críticas de excepcionalidad creciente. Una postura eminentemente "democratista", en el sentido occidental del concepto (dado el entorno regional e internacional antes señalado, al nuevo tipo de agresiones que hoy sufre Venezuela, y a su creciente vulnerabilidad dependiente) conducirá no a una verdadera distribución “democrática” del poder (“hacia abajo”), sino a su dispersión, licuación y anulación. La dispersión del poder es lo opuesto a su distribución. "Democracia" y "dictadura" se continúan una a otra para producir una curva decreciente en el proceso de producción de poder.

 

Soslayar ambas formas "occidentalistas" de administrar el poder significa incursionar en el campo de la propia historia. En nuestro caso hispanoamericano, revalorizar positivamente el fenómeno de la "democracia inorgánica", o del caudillismo como una forma específica de liderazgo. La proyección hacia el futuro de formas políticas que en nuestro pasado iberoamericano tuvieron un indudable fundamento de legitimidad es una operación absolutamente lícita, dada la crisis actual que sufren los sistemas "occidentales" de representación política.

 

Puede ser imaginada una "democracia inorgánica" para el futuro, relacionando los conceptos de "participación" y de "territorialidad". La "democracia inorgánica" de nuestro siglo XIX iberoamericano era un sistema político legítimo, y en la mayoría de los casos, justo. Fue atacado desde el liberalismo y desde el “progresismo” en nombre de la "democracia" y de la "revolución”, respectivamente. Pero de una y la otra hoy sólo quedan ruinas y corrupción.

 

En este marco conceptual, la corrupción debe tratarse como  una cuestión específica que incide en las curvas decrecientes de producción de poder. La corrupción no es un fenómeno moral individual asintótico al sistema, independientemente de la forma que este adopte, la "democrática" o la "dictatorial". Es un componente estructural inherente a todos los proceso entrópicos de pérdidas de poder, aunque estos se produzcan bajo la "dictadura/democrática del partido del proletariado".

 

No es posible siquiera pensar en la posibilidad de un cambio, de una transformación interior (no digamos de una revolución interior) sin un proceso simultáneo de concentración de poder. La concentración de poder, inevitablemente, es directamente proporcional a la intensidad del cambio. Cuanto más cambio más necesidad de concentración. La naturaleza de la concentración del poder está referida a la "transpoliticidad" del proceso. Es decir: en él intervienen de forma muy intensa factores sociales, culturales, históricos e institucionales ubicados más allá de los "partidos".

 

La concentración del poder dentro de la historia reciente.

 

Para el caso venezolano la concentración del poder es aún más importante, si cabe, dada las particularidades del proceso militar que tiene como eje el alzamiento del 4 de febrero de 1992.

 

Para empezar existen datos inquietantes, que señalan inequívocamente el carácter inducido de ese alzamiento militar. Todos los comandantes que se insubordinan tenían en ese momento - inexplicablemente - mando de tropas, lo que constituye un hecho absolutamente insólito, cuando todos los servicios de inteligencia (DIM y DISIP, especialmente) conocían perfectamente los alcances y ramificaciones de la conspiración. Se trata sin duda de un hecho anormal en la historia internacional de las conspiraciones militares. Existe una razonable cantidad de argumentos que permiten pensar que había “otro” golpe detrás del golpe visible del 4 de febrero de 1992. Luego, tanto en la prisión de Yare como en la de San Carlos, comienzan las disidencias políticas entre los conspiradores ya encarcelados.

 

Definitivamente no hubo un “partido” verticalizado o militarizado detrás del proceso sino, sobre todo, la voluntad indomable de una persona física: el teniente coronel Hugo Chávez Frías. Las disidencias más importantes - las que luego se fueron reproduciendo hasta el mismo día de hoy - las tuvo Chávez con muchos de sus propios compañeros de prisión, un grupo significativo de oficiales “moderados”. Como la radicalidad política no fue la ideología de todo el grupo militar insurgente, sino de una minoría dentro de ese grupo, las tensiones comenzaron a aflorar muy pronto dentro de los alzados ya encarcelados (en Yare y en San Carlos). Los sectores más “moderados” buscaron muy pronto una alianza con el gobierno de Rafael Caldera. De hecho la consiguieron, obtuvieron sus premios, y prácticamente aislaron a Chávez, que durante un largo tiempo navegó por la política venezolana en casi total soledad, aunque siempre protegido por el calor del afecto popular, ganado definitivamente el 4 de febrero de 1992.

 

Luego de las disidencias vino la libertad de los conspiradores, decretada por el ex presidente Caldera. De ella emerge un Chávez en completa soledad política. Un dirigente militar aislado que comienza a recorrer los caminos de Venezuela. Es allí donde comienza a fraguarse la relación directa y física entre el líder y su pueblo: sencillamente, en esos tiempos, no había nadie entre ellos.

 

Es en ese punto de la trama cuando yo tomo contacto personal con el comandante. En esos tiempos recorrimos juntos, varias veces, casi toda la geografía venezolana, en un periplo que había comenzado en la lejana Buenos Aires y, luego, continuado en Santa Marta, Colombia. Pude ver, en la práctica, cómo funcionaba el “carisma”, algo que yo había estudiado “en los libros”, pero que no había visto casi nunca en la realidad. Pude ver - en definitiva, y en una época de “alto riesgo” - a un político excepcional luchar contra las grandes adversidades de la historia y las pequeñas miserias de la vida cotidiana.

 

En su origen, entonces, el Modelo Venezolano se basó en la radicalidad de una fracción de un grupo militar - y, dentro de él, de un líder militar - que fue interpretada positivamente por el pueblo con la velocidad de la luz y la fuerza de un huracán tropical. Esa radicalidad militar, no excenta de una fuerte carga nacionalista, es asumida como política alternativa por el pueblo de Venezuela.

 

Durante años Chávez carece de “partido”. La fundación posterior del Movimiento Quinta República (MVR) obedeció a un propósito meramente electoral. Ese movimiento fue la consecuencia de una decisión finalmente asumida: concurrir al proceso electoral. Cuando se aproxima el desenlace electoral del 6 de diciembre de 1998 ya es perceptible en Chávez un cambio de lenguaje, de actitud y de selección de amigos y colaboradores. La radicalidad inicial se va transformando en “realismo político”. El tránsito de una a otra posición obedece a una lógica intrínseca de la política de poder y fue, es y será la condición ineludible para acceder al gobierno, en cualquier tiempo, latitud o altitud.

 

Hugo Chávez no pudo haber llegado nunca a presentar su candidatura electoral - no ya a ganar unas elecciones - si no hubiese habido algún tipo de negociación previa, tanto en el plano internacional como en el nacional. Negociación significa compromiso. Hugo Chávez llega a presidencia de Venezuela por la vía del compromiso. En términos reales la otra alternativa era su desaparición física. ¿Esto quiere decir que Hugo Chávez es un nuevo Menem? Plantear esta similitud es un ejercicio enormemente atractivo, no porque existan perfiles psicológicos parecidos, sino porque en ambos casos se trata de aprovechar una enorme masa de legitimidad histórica acumulada - en el caso argentino, el peronismo - en beneficio de una política contrapuesta con los motivos fundacionales de ambos movimientos ([4]).

 

El chavismo tiende a escindirse entre los “establecidos”, que buscan potenciar las tendencias moderadas de los últimos tiempos, y los “radicales”, que buscan reconstruir los elementos fundadores del movimiento militar. Es así que - por ahora - dentro de la política interior venezolana, no se planeta la búsqueda de una alternativa a Chávez. Los grupos chavistas más ortodoxos intentan una acumulación de poder para lograr constituirse en apoyaturas para que Chávez pueda evadirse  - algún día no muy lejano - de un compromiso que fue necesario adquirir. El límite de esta política es, naturalmente, la guerra civil. El otro sector es el que acepta complacido las decisiones de continuidad. Ambas facciones  - aún - no están absolutamente escindidas, en el sentido de que ambas buscan la legitimidad del “paraguas carismático”. Unos para reforzar las decisiones de continuidad; otros para intentar revertirlas. Todos buscando el amparo del líder.

 

La fracción continuista pretende convertir a Chávez en un nuevo actor de un viejo libreto. Pretende orientarlo en la dirección de “ganar tiempo”; impulsándolo, con pretendida sigilosidad, hacia el plano de la falsa astucia, fingiendo que, por esa vía, al final, se logrará engañar al enemigo ([5]).

 

En el plano internacional ello significa la aceptación de ciertas reglas no escritas de “buena conducta”. Con un comandante así reconstituido, Venezuela no se convertirá, por supuesto, en un conflicto internacional. Es decir, en una fractura geopolítica, ni siquiera leve. En el plano interno la fracción conservadora representa una negativa a “explotar el éxito”, es una actitud que en la práctica vuelve a poner en pie un sistema político que había sido literalmente pulverizado el 6 de diciembre de 1998. Sin duda alguna ese “partido” pretende que Chávez recorra el camino del “reconocimiento” exterior y del “apaciguamiento” interior. Una línea de absoluta continuidad con la anterior historia política y económica de Venezuela.

 

El hecho es que, hoy, no existe ni puede existir oposición a Chávez. Mejor dicho, la opción a Chávez es una sangrienta y destructora guerra civil. Esto todos lo saben o al menos lo intuyen. Chávez constituye la única opción de gobernabilidad para una Venezuela que unos proponen transformar pero que otros sólo necesitan maquillarla - eso sí - con toda urgencia. Para presentarla ante los ojos de su pueblo y del mundo como si estuviese transformada, cuando en realidad sólo estará pos-modernizada. Es decir, apta para ingresar en la sección sudamericana del Nuevo Orden Mundial.

 

Pero esa opción de continuidad pretende ignorar la existencia de una historia, la presencia de una relación líder-masa que se ha constituido en el hecho determinante de la historia contemporánea de Venezuela. Así, en estos términos concretos, y en esta pequeña parte del planeta tierra, está planteada la vasta dialéctica de este duelo global entre los orgullosos y los humillados.

 

La situación internacional será analizada con mayor detalle en Capítulo 3. Veamos por el momento el marco regional. Colombia continúa su camino sin retorno hacia una guerra civil ampliada y generalizada que provocará inexorablemente de una intervención militar - unilateral o multilateral - externa. Cada día con mayor claridad se hace evidente la incapacidad del ejército colombiano para dominar militarmente la situación. Las fuerzas armadas colombianas se encuentran en una situación sin salida, ya que si dispersan sus fuerzas persiguiendo a la guerrilla, en todos y cada uno de los teatros de operaciones rurales, la guerrilla - o, mejor dicho, los ya poderosos ejércitos irregulares rurales - en un rápido movimiento, estarían en condiciones de ocupar los principales centros urbanos del país, Bogotá incluida.

 

La insuficiente capacidad militar del Estado - o, lo que es lo mismo, la creciente capacidad militar y política de las fuerzas irregulares ([6])- es lo que originará la intervención final de otros Estados y de otros ejércitos, que deberán penetrar necesariamente en Colombia. Esos movimientos militares de los países vecinos - Perú, Ecuador y la propia Venezuela - ya han comenzado. Pero mientras tanto se incrementan las acciones de los “paramilitares” - totalmente conscientes de la deficiencia militar básica antes señalada -, que cometen sus crímenes contra una población civil inerme, supuesta base política de los movimientos armados irregulares. Esos “paramilitares” son asesorados - de manera cada vez más activa y pública - por “profesionales” israelíes: “expertos” en seguridad y contra-guerrilla. Los mismos que vienen actuando en tareas de contrasubversión , en Suramérica, desde hace aproximadamente tres décadas. La cada día más crítica situación colombiana limita severamente la proyección andina de Venezuela. Por motivos distintos, también existen interferencias serias con su proyección amazónica. La crisis económica y financiera que afecta hoy al Mercosur tornan problemática esa apertura hacia el sur. Además tenemos el ejemplo argentino. Gracias al Mercosur la Argentina ha logrado convertirse en el segundo Estado más importante… de Brasil, después del Estado de San Pablo.

 

Estas limitaciones regionales no son en absoluto definitivas, pero actuarán, en todo caso, sobre la sobre la política interior venezolana.

 

CAPÍTULO 2

 

LA PARTICIPACIÓN POPULAR

Reportaje a Norberto Ceresole.

 

Iván Freites: Buenas noches Norberto. Queremos darte la bienvenida en nombre de todo el pueblo de Venezuela. Todavía recordamos cuando te expulsaron de aquí como si hubieses sido un delincuente, y nosotros no pudimos hacer nada para impedirlo. Ahora queremos comenzar preguntando cuál es tu interpretación sobre aquél incidente.

 

NC: El escándalo de mi expulsión de Venezuela en junio de 1995 puede ser ahora analizado con la claridad y la frialdad que ofrece la perspectiva del tiempo. Esa expulsión fue un atentado grave a la soberanía de Venezuela porque, no tengo ya ninguna duda al respecto, fue organizada y realizada por los agentes del Mossad (Inteligencia exterior israelí) que entonces controlaban la DISIP (policía política venezolana). Por aquel entonces yo ya había comenzado a publicar mis primeras conclusiones sobre los dos atentados terroristas de Buenos Aires (1992 y 1994) realizados contra dos instituciones judías. Mis primeras conclusiones, que son las que aún hoy mantengo, pero mucho más desarrolladas y fundamentadas (a lo largo de seis libros publicados en los últimos cinco años y de casi dos años de investigaciones sobre el terreno en muchos países del Oriente Medio y del Asia Central) fueron que esos atentados, supuestamente “antijudíos”, habían sido cometidos por grupos judíos que operaban contra el llamado “Plan de Paz”. Esos atentados de Buenos Aires pertenecen entonces, según mi opinión, a un mismo proceso terrorista que tuvo su punto culminante en el asesinato - cometido por judíos fundamentalistas - del general Issac Rabin, partidario, entonces, de ese funesto “Plan de Paz”. Yo tuve el atrevimiento de señalar esa culpabilidad. Y por ello fui castigado, en Venezuela, por quien en ese momento era el Director General de Inteligencia de la DISIP, Israel Weissel.

 

   El día de mi detención fui interrogado durante doce horas por el propio Israel Weissel. Por lo tanto tengo muy claro la naturaleza de ese escándalo antivenezolano, pues se pretendió - en el fondo - implicar a Hugo Chávez en una inexistente campaña “antisemita”. Hace pocos días estuve conversando con nuestro querido amigo común, el actual diputado Fredy Bernal, quien también sufrió - en una escala mucho mas salvaje que yo mismo - los interrogatorios del señor Israel Weissel, un ciudadano israelí quien desapareció de Venezuela poco antes del gran triunfo electoral de Hugo Chávez. Israel Weissel atentó contra Fredy Bernal y amenazó la vida de su pequeño hijo en innumerables oportunidades. En fin, todos ustedes conocen muy bien - mucho mejor que yo - quién era Israel Weissel y cuán grande era el control del Mossad sobre la DISIP.

 

   Para finalizar este punto quiero decir que al día de hoy no hay detenidos en la Argentina en relación con ninguno de los dos atentados, que costaron la vida a más de cien personas. Es la prueba concluyente de que es totalmente falsa la hipótesis judía de la “culpabilidad islámica” que habría operado en conexión con “grupos nazis” argentinos.

 

Ivan Freites: Sabemos que tú caíste prisionero en 1995 y que en ningún momento firmaste ninguna declaración contra Hugo Chávez, como te exigían tus interrogadores. Te mantuviste altivo y “arrecho”. Ahora la situación es muy distinta. Ahora tú eres el hermano querido del pueblo de Venezuela. Pero dinos ¿Cómo perciben a Chávez fuera de Venezuela?

 

NC. Hay percepciones muy disímiles sobre Hugo Chávez fuera de Venezuela. El mismo 7 de diciembre de 1998, por ejemplo, el diario socialdemócrata español “El País”, que obedece a la mafia Carlos Andrés Pérez-Felipe González, definió a Hugo Chávez como “un Hitler sudamericano”. Textual. No como un Stalin, o un Pol Pot, o un Castro. Sino como un Hitler sudamericano. Este es un indicador que yo creo es bastante significativo y que señala cuál será la opinión de un sector muy importante de la comunidad internacional sobre el futuro gobierno.

   Una opinión muy distinta tienen los pueblos de nuestro países sudamericanos. Concretamente en la Argentina, que es de donde yo vengo ahora, Hugo Chávez goza de un prestigio cada vez más amplio dentro del movimiento popular. En especial los peronistas lo ven como a un líder propio. Yo he escuchado decir: “Ése es el hombre que nosotros necesitamos”, “Queremos a alguien como Hugo Chávez”. A mí me parece que en Venezuela aún no existe una idea clara sobre esta cuestión: las posibilidades que tiene Hugo Chávez para proyectarse continentalmente son enormes. Habría que crear aquí un equipo de trabajo para desarrollar este tema y actuar en consecuencia. Por primera vez desde hace décadas vuelve a plantearse, en un país suramericano, la alternativa de una alianza entre el ejército y el pueblo; la alternativa de un “partido cívico-militar” dotado de un proyecto revolucionario. Yo fui uno de los impulsores, en la Argentina de la década de los 60, de esta alianza militar-popular que abortó, en los años 70, por el maximalismo delirante y provocador de la guerrilla en la Argentina.

 

Ronald Blanco La Cruz: ¿Cómo definirías tú el proceso venezolano a partir del 6 de diciembre de 1998?

 

NC. Es un proceso único. El pueblo de Venezuela generó un caudillo. El núcleo del poder actual es precisamente esa relación establecida entre líder y masa. Esta naturaleza única y diferencial del proceso venezolano no puede ser ni tergiversada ni malinterpretada. Se trata de un pueblo que le dio una orden a un jefe, a un caudillo, a un líder militar. Él está obligado a cumplir con esa orden que le dio ese pueblo. Por lo tanto aquí lo único que nos debe importar es el mantenimiento de esa relación pueblo-líder. Ella está en el núcleo del poder instaurado. Es la esencia del modelo que ustedes han creado. Si ella se mantiene, el proceso continuará su camino; si ella se rompe el proceso degenerará y se anulará una de las experiencias más importantes de las útimas décadas.   Esa es la relación que hay que defender sobre todas las cosas. Por lo tanto será necesario oponerse con toda energía a cualquier intento que pretenda “democratizar” el poder. “Democratizar” el poder tiene hoy un significado claro y unívoco en Venezuela: quiere decir “licuar” el poder, quiere decir “gasificar” el poder, quiere decir anular el poder.

 

   Sobre ese modelo habría que escribir un nuevo tratado de ciencia política. Para ello deberíamos quemar todo lo hasta ahora leído y aprendido. Ahora deberíamos comenzar por leer no un libro, sino la realidad. Esta nueva realidad. Sólo a partir de esta lectura podríamos llegar a formular una nueva definición de modelos políticos aptos para generar cambios nacionales dentro de un mundo que se encuentra en situación de emergencia. En Venezuela el cambio se canalizará a través de un hombre, de una “persona física”, y no a través de una idea abstracta o de un partido político genérico. Repito: hay una orden explícita dada por un pueblo concreto a un hombre concreto. Esta es la grandeza pero también la debilidad del modelo venezolano.

 

Pregunta: Dentro de tu esquema, ¿Cómo será posible hablar de participación popular - que ha sido una de las promesas del presidente electo?

 

NC. Lo esencial de esa participación popular, por el momento, ya se produjo. La gran decisión popular, eminentemente participativa porque fue plenamente democrática, se produjo el 6 de diciembre de 1998. El pueblo de Venezuela, en forma masiva, casi unánime, le dio el poder a Hugo Chávez. El próximo paso es que el líder cumpla con esa orden o mandato popular. Ello abrirá un proceso complejo que estará lleno de conflictos con el poder establecido, tanto a nivel nacional como a nivel internacional. Y ante cada conflicto que se plantee se abrirá una nueva instancia de participación popular. La participación popular es inseparable de los conflictos que abrirá, a cada paso, el desarrollo del proceso.

 

   La participación popular verdadera no significa que se deba diluir el poder en “n” partidos políticos, aunque estos se autodefinan “amigos del pueblo”. Tampoco un poder revolucionario como el generado aquí en Venezuela puede ser compartido con otras instancias “institucionales”, como lo señala la dogmática liberal y neoliberal.

 

Pregunta: La Constituyente, ¿No sería un caso de disolución del poder?

 

NC. Si se quiere orientar la Constituyente en esa dirección sería efectivamente un caso típico de disolución del poder. Pero yo creo que el presidente Chávez quiere la Constituyente para otra cosa; la quiere para reordenar administrativamente al sistema y así disponer de una herramienta eficaz para producir el cambio. En este tema debemos diferenciar con total claridad lo que es el poder como concepto - dado a una persona concreta y no a una idea abstracta - de lo que es la administración ordenada de ese poder. El poder que emerge de un mandato popular absolutamente cristalino no es divisible. Su administración, en cambio, sí puede y debe ser delegada. Para ello se necesita la Constituyente: para ordenar, racionalizar y refundar administrativamente al Nuevo Estado emergente. No para fragmentar el poder.

 

Pregunta: En las últimas décadas se nos quiso encajonar en la dicotomía “capitalismo” contra “comunismo” ¿Está naciendo ahora una “tercera vía”?

 

NC. No confundamos “tercera vía” con “tercera posición”. La “tercera vía” es un intento por amortiguar las destrucciones sociales que realiza necesariamente el capitalismo en esta fase “global”. Para funcionar, ese capitalismo debe generar una enorme y creciente masa de excluidos sociales, de marginales absolutos en todo el mundo. La “tercera posición”, en cambio, fue una actitud orientada a evadirse del conflicto bipolar. Y naturalmente conllevaba un proyecto social y económico diferenciado, tanto de uno como de otro polo del poder mundial.

 

   El concepto de “tercera vía” está asociado hoy con Tony Blair. Ahora bien, en mi opinión ese señor es uno de los grandes canallas de este mundo. Fue quien sostuvo, hace poco, que Irak albergaba importantes stocks de “armas de destrucción masivas”, y que Sadam Hussein tenía la capacidad para destruir al mundo nada menos que tres veces. Esa gran mentira sirvió como excusa para bombardear - una vez más - a un pueblo prácticamente inerme, indefenso, hambreado y enfermo por falta de medicamentos. Las ideas de ese señor están afectadas por una “falsedad de origen”, que es su propio comportamiento político en la escena internacional. La “tercera vía” - dentro de un enfoque más amplio - es una transnochada de una Europa socialdemócrata que pretende balancear el poder internacional de unos Estados Unidos ubicado en el neoliberalismo más extremo. Pero esa Europa no es una situación antagónica a esos Estados Unidos de América. Son más bien dos caras de una misma moneda.

 

Pregunta. Si pensamos que en Venezuela se está dando un nuevo proceso distinto a todo lo que ha existido hasta ahora, ¿Cuáles son las vulnerabilidades que según tú tiene ese proceso que se está iniciando? ¿Dónde se debe concentrar el poder para asegurar que el proceso se mantenga como el pueblo lo decidió?

 

NC. Para mí la máxima debilidad está en la implementación de un concepto - que es toda una actitud geopolítica - que podríamos definir como “la falsa astucia”. La “falsa astucia” es pretender engañar al enemigo con maniobras dilatorias, realizadas con el único objeto de “ganar tiempo”. Se eligen, por ejemplo, funcionarios que forman parte orgánica del sistema anterior. Se supone que esas personas van a calmar las ansiedades de la oposición, nacional e internacional. Si se cede parte del poder a personas e instituciones que forman parte del enemigo mismo no sólo no se “gana tiempo” - el tan preciado tiempo necesario para desarrollar nuestra propia estrategia - sino que se fortalece al enemigo y se debilita nuestro propio campo. Esas son acciones - las de la “falsa astucia” - que aumentan la sensibilidad de las percepciones que el enemigo tiene sobre nuestras propias vulnerabilidades. Ese es el peligro mayor: alimentar a la fiera que finalmente nos va a devorar. La “falsa astucia” es, en definitiva, una percepción falsa sobre nosotros mismos, sobre nuestra verdadera ubicación en el mundo.

 

Pregunta: ¿Cómo hacer para darle fuerza a este proceso desde una situación de debilidad como la que se encuentra ahora Venezuela? ¿Cómo hablar de una nueva Venezuela que se tiene que enfrentar a un proceso global inhóspito?

 

NC. Lo que le preocupa a los Estados Unidos no es la estabilidad de la democracia venezolana. Eso es lo que ellos dicen que les preocupa. Pero lo que en verdad les preocupa, por ejemplo, es que Venezuela se lance a una campaña de producción de alimentos - sustitución de importaciones básicas - que elimine la influencia en este país - y en otros del área andina - de los grandes monopolios de la alimentación, que son en su mayoría empresas norteamericanas. El conflicto no se producirá porque Venezuela, a través de la Constituyente, va a fundar un Nuevo Estado. El conflicto comenzará cuando Venezuela, por ejemplo, desarrolle un proceso de sustitución de importaciones de alimentos, entre otros. La cuestión, entonces, será definir si Venezuela producirá fronteras adentro los alimentos crecientes y otros productos básicos que su población necesita, o seguirá malgastando sus divisas comprando alimentos a los grandes monopolios norteamericanos y europeos. La cuestión será definir si Venezuela generará nuevas empresas sociales y familiares  - es decir, una nueva sociedad - a partir de una utilización racional de su espacio geográfico actualmente vacío-depredado, o seguirá dependiendo de importaciones dejando esos espacios en manos de garimpeiros y bandeirantes. La cuestión será definir cuál será el rol de las fuerzas armadas en todo este proceso: integrarlas a una expansión productiva o dejar que se sigan pudriendo en la corrupción de los grandes centros urbanos.

 

   De esas opciones surgirán los conflictos. Y esos conflictos exigirán una participación popular creciente. Pero las formas que adoptarán esos conflictos esconderán siempre su verdadera naturaleza. Se plantearán como conflictos entre “democracia” y “dictadura”, por ejemplo, cuando en verdad son conflictos originados en la lucha por el control del mercado interno de Venezuela, y no sólo en el campo de los productos alimenticios. Si en Venezuela se hace entonces lo que se tiene que hacer, lo que está ordenado en el mandato popular del 6 de diciembre, esto es, alimentar a su pueblo a partir de su propia tierra, crear nuevas unidades productivas, etc., entonces habrá conflicto. Por lo tanto hay que saber cuál es el conflicto, no equivocarnos en su definición. El conflicto es la independencia y la soberanía de Venezuela, y no la forma que adopte su sistema político interno. La gobernabilidad del proceso venezolano dependerá entonces de la correcta administración de esos conflictos. De tratar de mantenerlos dentro de límites controlables por el poder político. No se trata de eliminar los conflictos, porque en ese caso sólo tendríamos más de lo mismo. O peor de lo mismo.

 

Pregunta. Venezuela está en estos momentos en las peores condiciones para iniciar ese proceso de independencia nacional…

 

NC. Claro, porque allá afuera hay un mundo hostil. Hay un “gobierno mundial” en proceso de consolidación que se opondrá a la independencia de Venezuela. Que buscará eliminar o pervertir esta experiencia que ustedes están iniciando. Pero también hay fuerzas que se oponen a la consolidación de ese gobierno mundial. Por lo tanto la clave es disponer de una Inteligencia Estratégica adecuada (Ver Capítulo 3) que nos permita aliarnos con los elementos fragmentativos que están operando en el plano internacional. Disponiendo de esa Inteligencia Estratégica lo que hay que hacer de inmediato es regular y administrar los conflictos. Asumir los conflictos que vamos a generar y darles una dimensión “controlable”. Para ello habrá que hacer alianzas y contraalianzas complejas y rápidas en el plano internacional. Pienso que hay una manera de fracturar ese muro de hostilidad, porque vamos hacia una creciente despolarización del sistema internacional. De lo que se trata es de subsistir hasta que esa apolaridad sea una realidad efectiva.

 

Pregunta. ¿Y que pasará en el caso de que Chavéz desaparezca?

 

NC. Pues que todo será diferente. Por lo tanto nada de lo que hemos dicho hasta ahora tendría sentido. Pero yo creo firmemente de que “nadie muere en vísperas”. Chávez es un hombre joven y fuerte que tiene cuerda para rato. De todas formas si Chávez no está, no hay proceso, tal vez habrá otro proceso, pero ciertamente no este proceso. Chávez es un caso único, un fenómeno pocas veces visto. Pasará muchísimo tiempo antes de que aparezca un nuevo Chávez. Por lo tanto su “desaparición” es un tema que escapa a esta discusión: estamos hablando de un poder que emerge de una relación líder-masa.

 

Pregunta. El Presidente nos dijo a los venezolanos que el poder nos sería devuelto, que su poder personal sería una etapa pasajera…

 

NC. ¿Pero cómo crees tú que se realizará esa devolución? ¿Tú crees que un día el Presidente le va a dar a cada venezolano el poder dividido por el número de habitantes de este país. Es decir que a cada venezolano le correspondería un pedacito de poder: P dividido “N”? Eso sería sencillamente la liquidación de un país. Cuando se habla de distribuir el poder siempre se cae en una forma perversa de gobierno, pues lo que reciben el poder - como supuesta devolución -  no son todos los habitantes de un país sino los grupos organizados de ese país. Es decir, los mismos de siempre. No se puede devolver el poder al “pueblo”, porque “pueblo” es un concepto abstracto. “Pueblo” no es la suma de cada uno de los habitantes de una nación. “Pueblo” - al igual que “humanidad”, en otro plano -  es una visión genérica abstracta y no una suma de personas concretas.

 

   Así y todo tiene que haber un proceso de “devolución” del poder. Ello fue parte del mandato que recibió el líder. Pero esa “devolución” del poder no debe significar una disminución o eliminación del poder de uno de los polos de la ecuación, de ese polo que hemos llamado líder. Esto quiere decir que no puede haber poder popular sin la existencia permanente de un liderazgo fuerte. Por lo tanto no es correcto usar la palabra “devolución”. Tendremos que pensar más bien en el reforzamiento mutuo de un poder que sólo existe cuanto se comparte: cuando ambos polos, el líder y la masa, comparten un mismo poder. Porque la desaparición del líder dejaría a la masa en estado de absoluta indefensión. No hay un sólo ejemplo en la historia del mundo, desde los orígenes hasta nuestros días, que nos demuestre que las cosas hayan sido de otra manera.

 

   El tema de la “devolución” del poder nos lleva nuevamente al de la participación popular. Tradicionalmente se tiende a creer que la participación popular se puede organizar, es decir, resolver por métodos burocráticos. Pero esta es una visión equivocada. ¿Cuánto durará en Cuba, por ejemplo, todo el andamiaje político existente, luego de la muerte de Fidel Castro? En mi opinión ni un minuto. Otra cosa sería que hubiese una agresión externa visible contra Cuba, una nueva Bahía de los Cochinos, por ejemplo. En ese caso tal vez surgiera un nuevo líder nacionalista. Un nuevo escudo nacional. Pero en condiciones “normales”, bajo un régimen de agresiones de baja intensidad como es el actual bloqueo, toda la superestructura política se caería automáticamente una vez desaparecido el líder. Por lo tanto volvemos a relacionar la participación con el conflicto.  La participación se realiza siempre por la vía del conflicto y nunca por la vía burocrática.

 

Final. El audio finaliza con una despedida afectuosa entre todos los participantes de este encuentro.

 

CAPÍTULO 3

 

LA SITUACIÓN INTERNACIONAL

 

LA CRISIS DEL “NUEVO ORDEN MUNDIAL”.

EL ENTORNO GLOBAL: UNA NUEVA APOLARIDAD ANTISISTEMICA

 

"En lugar de la monótona imagen de una historia universal en línea recta, que sólo se mantiene porque cerramos los ojos ante el número abrumador de los hechos, veo yo el fenómeno de múltiples culturas poderosas, que florecen con vigor cósmico en el seno de una tierra madre, a la que cada una de ellas está unida por todo el curso de su existencia. Cada una de esas culturas imprime a su materia, que es el hombre, su forma propia; cada una tiene su propia idea, sus propias pasiones, su propia vida, su querer, su sentir, su morir propios".

 

Oswald Spengler, La decadencia de Occidente

 

 Los acontecimientos internacionales señalan que el proceso de transición que en la escala planetaria comenzó con la ruptura de la bipolaridad (implosión soviética o caída de Moscú), ha llegado a un punto muy próximo al estadio apolar, lo que puede definirse a partir de la nueva y específica "distribución del poder" que existe actualmente dentro del sistema internacional.

 

Esa nueva distribución del poder se produce no sólo de manera desigual sino en niveles distintos. El poder se distribuye en nichos diferentes: la velocidad del desarrollo tecnológico no coincide con la capacidad militar y el crecimiento económico no siempre logra traducir o expresar control político. Ni la capacidad militar, ni el crecimiento económico ni el control político pueden traducirse, finalmente,  en hegemonía ideológica (religiosa, cultural, etc.). Ello quiere decir que los alineamientos internacionales ya no se producen por consenso, sino por necesidad o conveniencia y, por ello mismo, son esencialmente transitorios.

 

En definitiva, el mundo global ha dejado de ser -definitivamente- un mundo blanco-occidental. Las estructuras internacionales (políticas, económicas, militares, culturales, etc.) son incapaces de contener las enormes presiones que sobre ellas ejerce la emergencia de multitudes -una inmensa mayoría de la demografía mundial- no blancas. Todas - o casi todas - ellas se asoman a la estrategia global provistas de culturas y religiones diferenciadas y en oposición a la cultura blanca-occidental (¿judeo-cristiana?). Esas masas están además excluidas por la economía global. Su participación en ella es meramente virtual, es decir tiene que ver más con una imagen que con una realidad concreta.

 

Durante unos ocho siglos - dentro del área geográfica de lo que hoy se llama “mundo occidental” - existió una bi-polarización del poder entre dos razas-culturas: la árabe-oriental-musulmana, y la europea-occidental-cristiana. A partir de finales del siglo XV - descubrimiento de América - uno de esos polos crece y el otro decrece. El pensamiento de la raza occidental se había potenciado, mientras que el de la raza oriental se había estancado. Ello provoca, entre otras cosas, el fracaso militar otomano ante las puertas de Viena.

 

A partir de ese momento el dominio de la raza blanca-occidental se fue globalizando progresivamente. También a partir de ese momento muchas de las guerras fueron guerras civiles europeas. Por eso mismo fueron guerras intra-raciales e intra-culturales dentro del mundo blanco-occidental (a excepción de las acciones japonesas contra Rusia y contra China-Manchuria, antes y después de la primera guerra civil europea del siglo XX). La totalidad de la “política internacional” se desarrolló dentro de ese escenario, que perduró hasta las “revoluciones raciales” del “tercer mundo” que eclosionan a partir de la última guerra civil europea del siglo XX (llamada II Guerra Mundial -IIGM).

 

Tomando como paradigma esos acontecimientos - limitados por sólo tres siglos de historia “universal” - el pensamiento político occidental elabora modelos de comportamiento internacional, a los cuales le atribuye una valor metafísico, es decir, eterno. Todo lo demás eran “cuestiones coloniales”. El Islam sigue siendo tratado, al día de hoy, como una “cuestión colonial”.

 

El simple ingreso a la política mundial de tres grandes razas-culturas, la china central-confusiana, la árabe-musulmana y la hindú aria-védica - todas emergencias provocadas por la Segunda Guerra Civil Europea - altera totalmente el panorama reinante durante los tres siglos precedentes. Lo que comienza a cambiar es la propia lógica del sistema: se deja atrás un escenario racional-positivista y se entra de lleno en el escenario de la incertidumbre.

 

La crisis de la IIGM abre la “caja de Pandora”. Hasta la “caída de Moscú” (Perestroika) todas las interpretaciones giraban en torno a aquellos viejos modelos racionalistas: proletariado mundial versus burguesía global. A partir de la crisis y autodestrucción soviética ya no es posible ocultar la envergadura del “nuevo mundo”. Millones de hombres “distintos” - provistos de su religión y de su cultura, y agredidos por una misma economía global - se convierten en actores de la política mundial, que comienza a girar sobre ejes también distintos.

 

Hasta el día de hoy no existe la interpretación adecuada para prever acontecimientos futuros bajo esta nueva circunstancia. Estamos en presencia de un “antisistema”, que no permite construir alianzas estables entre las potencias del mundo central orientadas a gobernar por un largo plazo y a estabilizar globalmente al Planeta. El sistema pentárquico que siguió a la Europa posnapoleónica es, absolutamente, un modelo irrepetible. La imposibilidad de formalizar alianzas estables y de largo plazo entre centros de poder se manifiesta en todos los niveles de la actividad internacional. Hay intereses divergentes entre sí en el plano económico, político, estratégico, religioso, cultural y militar.

 

Una de las principales fuentes de divergencia se manifiesta en la forma de actuar sobre los "conflictos regionales" (muchos de ellos ya han escapado a esa definición: la mayor parte de los "conflictos regionales" se están transformando en "conflictos internacionales"). A esos conflictos se los pretende “licuar” haciendo que su componente racial pase inadvertido.

 

Otros conflictos internacionales de transforman en globales. Ello es particularmente válido para el caso del Medio Oriente -conflicto entre el espacio sirio-palestino y el espacio judío implantado- que tiene en la religión judía -, en las interacciones judeo-cristianas- y en la resistencia musulmana, una gran capacidad de transmisión hacia el Occidente. Y a partir del Islam una gran capacidad de transmisión hacia el Oriente. Las tres grandes religiones monoteístas abrahámicas asumen así una función sociológica de transmisoras de conflictos hacia el "resto del mundo".

 

Las nuevas fronteras de la política mundial

 

Las fronteras reales de la política internacional -globalmente considerada- están volviendo a las antiguas líneas de conflicto, en su triple dimensión: étnico-racial, histórica y geopolítica. Las viejas culturas absorben a las nuevas (p.e: el eslavismo cristiano ortodoxo al comunismo soviético, el judaísmo al sionismo, el Islam al “orientalismo” árabe, etc.), no las expulsan totalmente, las integran a la manera hegeliana. Las crisis políticas en el interior de los grandes Estados están produciendo un sinceramiento histórico y geopolítico, un retorno a los viejos moldes. Una Turquía reislamizada tendrá seguramente muchas dimensiones, pero seguramente todas estarán incluidas en las tres básicas antes señaladas: la étnico-racial, la histórica y la geopolítica.

 

El sistema internacional no es unipolar porque está sometido a una tensión devastadora entre las fuerzas globalizadoras (élites incluidas [dentro del sistema] de todo el mundo) y las fuerzas fragmentativas (pueblos excluidos [fuera del sistema] de todo el mundo). El conflicto entre incluidos y excluidos, entre dominadores y humillados. Las modificaciones que se perciben en el comportamiento del sistema internacional (la intensidad y los ritmos nunca vistos de esas modificaciones) son el producto de una tensión que predomina sobre todas las demás: la existente entre los factores fragmentativos y los factores globalizadores, que actúan de manera antagónica sobre la totalidad del sistema.

  

Los factores globalizadores: El gobierno oligárquico/global como proyecto. La infalibilidad ideológica del "Imperium Mundis".

 

A pesar de la creciente importancia de los elementos fragmentativos existe hoy un proyecto (y un proceso) de gobierno mundial de facto integrado no sólo por instituciones internacionales como el FMI, el Banco Mundial, el Grupo de los 7 (G7), el ex/GATT (Organización Mundial del Comercio), el proyecto Maastricht y demás organizaciones diseñadas para servir a los intereses de los grandes grupos multinacionales. Por sobre el funcionamiento de esas instituciones el proyecto de gobierno mundial pretende ofrecer una nueva conceptualización sobre el "manejo del mundo", condensada en tres conceptos básicos sobre los que se sustenta el Nuevo Orden Mundial (NOM): la soberanía limitada, el derecho a la ingerencia y las intervenciones humanitarias. Dentro de este proceso está el proyecto de legitimar un Tribunal Internacional de Justicia dentro de los moldes del Tribunal Militar Internacional (Nuremberg) de la última posguerra.

 

Hasta este momento todas las experiencias existentes respecto a la limitación de soberanía e ingerencias militares, fueron acciones comandadas por el mundo blanco-occidental contra el “otro mundo”.

 

La forma de gobierno mundial que se pretende imponer se asemeja mucho más a la idea de Imperio que expone Dante en su De Monarchía que a la visión de muchos imperialistas nacionales del siglo XIX. El "Imperialismo nacional", como el británico, el norteamericano, el francés o el ruso, es una imagen del pasado. Ahora no puede haber imperio universal sin infalibilidad ideológica, sin teología de la globalidad, como muy bien lo señaló en defensa de Roma y dentro del exiguo espacio de la cristiandad, ese gran pensador imperial que fue Santo Tomás. En su momento conocimos muy bien la exigencia de infalibilidad que presentó sistemáticamente la Iglesia Comunista de Moscú, hasta su extinción hace pocos años.

 

El Imperio Mundial es una figura que exige la aceptación universal de la infalibilidad de sus decisiones. Esta actitud cultural es cada vez más evidente a medida que pasa el tiempo. Es la cultura blanca-occidental la que pretende constituirse en el Totem de todas las “tribus” del mundo. A diferencia de los antiguos emperadores nacionales, la autoridad del "Imperium Mundis" pretende ser propia, como la luz del sol. Los viejos "imperios nacionales", en cambio, eran como la luz de la luna: extraían su brillo de la luz del sol (Santo Tomás, De Regimene Principium). La infalibilidad ideológica contemporánea, la nueva "luz del sol" es una "nueva ingeniería" basada en desarrollos tecnológicos que permiten operar concentraciones económicas transnacionales, manipulaciones políticas y sociales globales e intervenciones militares. En definitiva, el "nuevo sol" es la posibilidad de controlar en exclusivo las nuevas tecnologías emergentes.

 

Ya no se trata de las viejas expansiones nacionales que en un punto de su desarrollo se transforman en expansiones imperiales. Ahora se pretende estructurar, desde "lo alto" y desde un principio, un gobierno mundial trans/nacional, legitimado - cuando ello es posible - en la figura de las Naciones Unidas. Ese gobierno mundial será la expresión política tanto de "gobiernos nacionales" como de grupos trans/nacionalizados cuyo poder se asienta en un específico proceso de innovaciones tecnológicas y transformaciones productivas.

 

Para la minoría “incluida” de la población del planeta, el "gobierno mundial" es cada vez más urgente, dada la creciente incapacidad de Washington para ejercer un verdadero liderazgo mundial. Esa urgencia es lo que aún une a las diferentes etnias de la raza blanca, y lo que pretende convertir a la cultura occidental en el tramo final de la historia humana.

 

Es cada vez más evidente que una nueva "contradicción principal" sacude los cimientos del sistema internacional. Ella se localiza en las luchas de las “razas marginales”, de las naciones y de las culturas excluidas contra las intervenciones religiosas, políticas, económicas y militares - en definitiva, raciales - de una nueva forma imperial que se pretende imponer sobre el Planeta.

 

Debemos recordar que en el estrecho marco geopolítico del “renacimiento” italiano, el primer gran teórico de la liberación nacional contra el proyecto del "imperio mundial" del Papa romano, fue Maquiavelo. Habrían de pasar muchos años desde la muerte del gran florentino hasta que otro europeo marginal, Herder, un judío eslavo-germánico, continuara desarrollando la trama teórica de la "cuestión nacional". Escribió:

 

"La civilización humana no vive realmente en sus manifestaciones generales y universales, sino en las nacionales y particulares. Cada nacionalidad es un organismo vivo. Todas las nacionalidades son igualmente sagradas, las que aparentemente han progresado y las llamadas 'primitivas'. A través de todas ellas se cumple el destino de la humanidad. Ningún individuo, país, pueblo, estado, son parecidos. Todo queda sofocado si uno no busca su propio camino y si se toma ciegamente a otra nación como modelo. Cada nacionalidad es la portadora original de una humanidad común, que vive y se despliega en todas las nacionalidades. Nada es tan repugnante al espíritu humano como la actividad de los conquistadores. No puede negarse que alguno de ellos han demostrado valor en el peligro, pero lo mismo puede decirse de los asaltantes de caminos y de los piratas. Es de esperarse que los asesinos y ladrones de pueblos y naciones sean un día objeto de la infamia y la deshonra, de acuerdo a los principios de una verdadera historia humana".

  

Polarización versus globalización

 

En un mundo globalizado, naturalmente, tienden a desaparecer los polarizadores internacionales (centros con gran capacidad de acción económica y/o estratégico/militar) y, en especial, los polarizadores clásicos, que son los que operaron en los últimos tres siglos de historia occidental, antes de la irrupción masiva de las razas “coloniales”. La globalización es la hegemonía de un solo polarizador. Los actores principales de la globalización tienen como objetivo la maximalización de los beneficios y no la potenciación de su propio Estado, aunque se trate de los Estados Unidos. Como entidad política y geográfica, el antiguo país central puede entrar en declive por el mismo proceso mediante el cual sus principales empresas logran beneficios crecientes ([7]).

 

La naturaleza del sistema internacional actual tiende a definir, en la escala global, sólo dos "países", con sus geografías y recursos desigualmente distribuidos: el país de los ricos o incluidos, y el país de los pobres o excluidos. Las instituciones estatales de los países excluidos, o "desgarrados", como las fuerzas armadas, deben definir - en primer lugar ante sí mismas - qué "país" aspiran a defender. Queda fuera de toda discusión, dentro de este modelo de gobierno mundial, que todo intento de integrar "fronteras adentro" del Estado/nación, es una actitud penalizada por la lógica del modelo. Uno de los objetivos principales de los actores transnacionales es lograr la privatización y la liberalización de los servicios -en especial de los servicios financieros-, más la eliminación de los principios básicos de la defensa nacional,  con el objeto de eliminar cualquier amenaza de planificación económica nacional y de desarrollo independiente.

 

Todas las instituciones integrativas dentro del Estado/nación deben ser destruidas, "desprotegidas" de los "favores" del Estado. Desaparece la "vieja" configuración "nacional" del Estado. Queda vigente una nueva configuración "estatal", la mayoría de las veces fragmentada o desgarrada. Es por ello que no desaparecen todas las formas de proteccionismo. Los mecanismos de protección son rediseñados para aumentar el poder y la riqueza de las grandes corporaciones transnacionales (que no necesariamente son multinacionales: gran parte del "capitalismo nacional" hoy se ha transnacionalizado sin multinacionalizarse).

 

La globalización como modelo de gobierno mundial es una estructura oligárquica que condena a la marginalidad al vasto "país" mundial de los excluidos, a los pobres y sin poder, dentro y fuera de los países centrales, dentro y fuera del espacio blanco-occidental. En el plano político interno opera dejando grandes vacíos en el ordenamiento democrático, de tal manera que la capacidad de decisión siga en manos de los que Adam Smith, en el siglo XVIII, llamó "los amos del universo", quienes se manejan "con el vil principio: Todo para nosotros, nada para los demás".

 

La organización oligárquica global succiona riquezas para el "país de los incluidos" que está desigualmente distribuido por toda la superficie del globo. Adam Smith acusaba a los fabricantes y comerciantes de su época de "infligir horribles infortunios y de perjudicar al pueblo de Inglaterra". Hoy en día, el 40% del comercio exterior de los Estados Unidos se realiza entre compañías dirigidas en forma centralizada. Esas companías pertenecen a los mismos grupos que controlan la producción y la inversión.

 

El efecto que provoca la acción de la oligarquía global sobre la totalidad del "país de los excluidos" es auténticamente devastador. El abismo que separa a las regiones ricas de las pobres se ha duplicado en las últimas dos décadas. La transferencia de recursos del "sur" al "norte" fue de 400.000 millones de dólares entre 1982 y 1990.

  

La fragmentación antioligárquica

 

Los factores de fragmentación son los elementos que pueden llegar a conformar, en líneas generales, nuevas opciones para las razas oprimidas, las culturas marginales y los Estados periféricos. Los factores de fragmentación se manifiestan en diferentes niveles:

 

*En la inviabilidad político/estratégica de los grandes espacios económicos. Inviabilidad significa desigualdades crecientes dentro de cada espacio económico. En el MERCOSUR, por ejemplo, Argentina se ha convertido en el segundo Estado más importante dentro de la República Federativa del Brasil. La formación de espacios económicos ampliados es, en la mayoría de los casos, una relación entre una misma empresa monopólica ubicada en dos puntos geográficos distintos. Dentro de esos espacios se producen enormes transferencias de recursos de las regiones más pobres a las más ricas. Esto sumado a las grandes disparidades culturales existentes, produce el fenómeno de la imposibilidad de traducir "poder económico" en "poder político/militar", como es el caso evidente de la Unión Europea, que nunca dejará de ser un simple "Mercado Común Europeo". En la Zona de Libre Comercio del Atlántico Norte (NAFTA) uno de los objetivos principales de los Estados Unidos es desarticular completamente la existencia nacional de México. Las reacciones secesionistas del Quebec son un ejemplo impresionante de fractura cultural dentro de un espacio económico central. En el Mercosur la desigualdad entre Brasil y la Argentina es creciente y directamente proporcional a los poderes nacionales relativos. La Comisión Norteamericana para el Comercio Internacional estima que las empresas de ese país obtendrían un beneficio adicional de 61.000 millones de dólares anuales provenientes del Tercer Mundo, si la OMC tuviese capacidad para aplicar las exigencias proteccionistas norteamericanas con la misma intensidad que lo hace Washington dentro del NAFTA. La protección de la propiedad intelectual está constituida por un conjunto de medidas diseñadas para que las multinacionales norteamericanas controlen la tecnología del futuro, por lo menos en una determinada región del mundo.

 

*En el creciente vacío de poder y en el incremento (ampliación y profundización) de los conflictos regionales. La mayoría de los conflictos regionales son respuestas militares de naturaleza racial y cultural desde los pequeños espacios a los grandes espacios (Chechenia versus Rusia = caucásicos musulmanes versus ortodoxos eslavos).

 

*En las crisis económicas nacionales dentro del mundo central, y las luchas interbloques e intrabloques.

 

*En la incidencia creciente de las variables demográficas (mayor crecimiento relativo de las razas marginales).

 

*En la expansión de religiones y culturas conformadoras de una concepción de un  mundo no/occidental. La expansión demográfica conspira contra el modelo oligárquico de gobierno mundial, ya que los ricos blancos son cuantitativamente cada vez menos. Tanto en el mundo musulmán como en el mundo eslavo la confluencia de factores religiosos y demográficos está llegando a niveles críticos para la estabilidad de las democracias protestantes y/o weberianas.

 

*En la evolución relativa de los poderes militares.

 

*En la consolidación de potencias regionales con gran capacidad de acción y en el nacimiento de potencias intermedias. Estamos viviendo el nacimiento de potencias medianas regionales. Ellas no sólo disponen de una adecuada ubicación geográfica o de alguna tecnología militar, como Turquía e Irán, dos polarizadores intermedios en el Nuevo Mundo Apolar. Ellas disponen sobre todo de una cosmovisión "finalista" de la acción política.

 

*En la naturaleza de las crisis en los centros decisionales y en el desarrollo de "guerras comerciales".

 

Este cuadro es particularmente claro en la configuración actual del mapa europeo y en el conjunto de tensiones dentro de la OMC (ex GATT).

 

La crisis económica actual tiene algunas similitudes con la que sacudió al mundo hacia finales de los años '20 y comienzos de los años '30 de este siglo. Ella comenzó, al igual que ahora, con un descenso del PB global real, lo que impulsó a los países más importantes de cada región a restringir las importaciones por el mecanismo de crear bloques comerciales en cada una de sus zonas de influencia. También, al igual que ahora, el funcionamiento de la economía a través de bloques comerciales restringió los flujos comerciales y los movimientos financieros internacionales (lo que hoy se llama "globalidad económica"). La consiguiente recesión transformó a los bloques comerciales en bloques militares. Los bloques comerciales vuelven a conformarse con el objeto principal de limitar las importaciones e incrementar las propias exportaciones fuera de los mecanismos multilaterales. En el límite de esta dinámica comercial y política estarán, de nuevo, e inexorablemente, los bloques militares. Es decir, la guerra.

 

Pero también tiene importantes diferencias. El escenario es ahora, por primera vez, global. Muchos actores son ahora no occidentales y no blancos. No se trata de la globalidad del siglo XIX, en cual el mundo colonial era un puro mercado, es decir, observador pasivo y víctima de los sucesos del mundo blanco central. Japón, China, India, Irán, Brasil, entre otras potencias intermedias, juegan un rol activo en la política mundial, y sus intereses - en diversos grados - son muchas veces discordantes y otras francamente antagónicos respecto de los intereses del Centro.

 

Estamos hablando de cambios profundos en la historia y en la estrategia global. La periodicidad de los cambios se ha modificado abruptamente. Los tiempos históricos deben ahora medirse no por decenios ni por años, sino por meses y semanas. Este incremento inusitado en la velocidad de los cambios se debe a la inclusión de nuevos, pero sobre todo de distintos actores en el escenario de la política mundial.

 

Hubo un punto en que fue posible registrar con gran exactitud el enorme viraje estratégico de la historia: en enero de 1993 la "potencia hegemónica" de un "mundo unipolar" no pudo reeditar una segunda campaña contra Irak (señalado como el "perturbador del sistema", en ese momento). La estructura de las alianzas que se había construido un año antes ya carecía de viabilidad, se había derrumbado, se había modificado total y absolutamente. En sólo un año el mundo era otro. Era para el otro. Comienza a ser para los que dispongan de voluntad de existir. Yugoslavia es otra región de conflicto donde se pone de manifiesto la imposibilidad de un "gobierno mundial", bajo cualquiera de las formas hasta ahora conocidas: unipolar, bipolar, pentapolar, etc.

 

Los conflictos y las coincidencias se entrecruzan, no coinciden ni en tiempo ni en espacio. En Bosnia, ex Yugoeslavia, existe una coincidencia objetiva de intereses, hoy, entre Alemania, Estados Unidos y algunos Estados musulmanes que por otra parte mantienen importantes conflictos entre sí. La convergencia entre EUA y Alemania se hizo extensiva a la ampliación de la OTAN hacia el este europeo (imposición alemana a los EUA). La alianza militar "occidental" actuará de pantalla protectora de la pretendida expansión económica de Alemania hacia el este (pero existen también cada vez más conflictos económico/comerciales entre Alemania y Estados Unidos). Inversamente, esa alianza nacida en Bosnia, difícilmente se pueda extender hacia el espacio árabe-persa.

 

La no percepción de la profundidad y de la velocidad de los cambios, de la drástica modificación de los ciclos históricos, del inexorable retorno a los viejos moldes raciales, étnicos, geopolíticos e históricos; la no percepción de las implicancias que conlleva el vertiginoso surgimiento de nuevas  oportunidades para las nuevas razas-culturas transformadas en potencias emergentes; la no percepción o la negación de esos fenómenos es lo que provoca la perpetuación en la dependencia de los hegemonizados, de los esclavos que optaron por la esclavitud.

 

 La despolarización del sistema internacional

 

El sistema internacional siempre se transformó a través de procesos de re/polarización. Los agentes polarizadores emergían a través de un conflicto complejo que adoptaba múltiples formas, incluyendo la militar. La polarización, la formación de polos de poder, fue siempre el resultado de un conflicto entre actores. Desde el siglo XVIII y hasta finales de la segunda guerra civil europea (1945), el escenario geográfico dentro del cual se producían esos procesos de repolarización era increíblemente pequeño y abarcaba a un muy reducido número de personas, en su totalidad pertenecientes a las diferentes etnias y culturas de la raza blanca del mundo occidental. Los procesos de repolarización se producían dentro de ese marco geográfico-cultural, ya que representaban conflictos internos dentro del occidente blanco (aún aquellos que se referían a los “problemas coloniales”). Esos conflictos adoptaban distintas formas, pero todos admitían una misma base: diferenciaciones étnicas, culturas y geopolíticas.

 

La característica del momento actual es que el número de actores se ha incrementado, al mismo tiempo que cada uno de ellos tiene mayor poder relativo. Sobre todo existe una diferenciación de intereses y de lógicas políticas entre los nuevos y los viejos actores (y entre los nuevos entre sí y entre los viejos entre sí). Los actores que predominan no pueden controlar la totalidad del sistema. Ese descontrol no origina un “orden” sino un des-orden.

 

El mundo árabe, Irán, China, India, Turquía, etc., son todas potencias emergentes dentro de la gran Isla Mundial (McKinder). Cada una de ellas intenta controlar espacios limitados de poder y ello, naturalmente, delimita intereses específicos, muchas veces contradictorios entre sí, pero sobre todo contradictorios con los intereses de los viejos actores de la cultura blanca occidental.

 

Los viejos actores, a su vez, aún no han podido definir ni muchos menos consensuar dentro de sus sociedades, el tipo de estrategia más adecuada a esta época tumultuosa. La llamada Unión Europea carece en absoluto de una estrategia unificada. Hacia el mundo eslavo, todos los Estados europeos y, aún, los EUA siguen detrás de Alemania, quien busca seguridad para sus negocios en el este. De allí la llamada “ampliación” de la OTAN.

 

Para cada crisis específica, Europa inventa, sobre la marcha, una política de emergencia. Casi siempre ligada a un pasado colonial o de despojo: Italia en Albania; Francia en algunas - cada vez menos - regiones de África; Alemania en Croacia y Eslovenia; Gran Bretaña en el Atlántico Sur, y así sucesivamente. La política norteamericana aún no ha resuelto, ni mucho menos, sus opciones históricas - excluyentes entre sí: (neo)aislacionismo, euro-atlantismo o Asia-Pacífico. A pesar de ser, sin duda alguna, la primera potencia del mundo, en cada coyuntura parece ir a remolque de los acontecimientos. No tiene capacidad de suscitar lealtades profundas hacia el exterior, ni consenso perdurable hacia el interior. La sociedad americana es crecientemente multirracial -es decir, policultural. Vive, por lo tanto, en una situación creciente de desgarro interior. Con cada vez mayor frecuencia las decisiones de la élite -blanca, rica y protestante- son contestadas por las distintas razas, etnias y culturas que integran esa sociedad contradictoria.

 

El drama permanente de África, los genocidios constantes y las más terribles acciones contra los “derechos humanos”, son los resultados presentes no sólo de un pasado colonial, sino sobre todo de la multipolaridad decisional instalada en el Occidente blanco (aquí la definición racial blanco-negro cobra su auténtico significado, su criminal significado malthusiano).

 

Todo ello significa que el proceso de repolarización tradicional - en la escala blanca-europea - ha devenido en proceso de despolarización en la escala global actual: y el estado final de la despolarización es la apolaridad. Hoy asistimos a una etapa de la historia mundial en que el "orden" internacional se encuentra en estado de apolaridad por la acción de factores infinitamente más complejos que los que afectaron a la política occidental entre los siglos XVIII y XX. Ningún centro decisional controla hoy todos los segmentos que conforman la estructura de las relaciones internacionales; ésta ha sido desbordada por los acontecimientos, por el factor racial-demográfico, en primer lugar. EUA debe compartir poder con el resto de los actores en distintos segmentos del sistema (ciencia, tecnología, finanzas, comercio, capacidad militar, etc.).

 

El factor racial, y la carga cultural que de él se desprende, produce un descontrol que se generaliza a partir del nacimiento de conflictos que se manifiestan como "rupturas del mapa". Al haber desaparecido el viejo sistema, y al no haber sido reemplazado por uno nuevo, hoy no existe estructura como fundamento de un orden definido. Hay licuación del poder, es decir, apolaridad, ya que toda estructura es siempre la confirmación de un poder (orden) internacional relativamente estable.

 

Ninguno de los antiguos polarizadores del sistema - ni, por supuesto, los nuevos - tienen capacidad para imponer un orden, ni a escala global, ni dentro de cada uno de los segmentos de poder que integran la dinámica política internacional. Y, debido a que los cambios se producen a un ritmo muy acelerado, tampoco existe consenso acerca de cuáles deben ser las reglas aceptables para la estabilidad de un nuevo sistema internacional.

 

En todo caso hoy estamos afectados por un "antisistema", que es algo muy próximo a un des/orden. Dentro de él, un conjunto cada vez más numeroso de "polarizadores menores" o actores secundarios (las antiguas razas inferiores de la ciencia occidental) pugnan por establecer reglas en cada uno de los segmentos de poder, básicamente, en los estratégico/militares, en los científico/técnicos y en los económico/financieros. Esa pugna aún no se ha resuelto, por lo que no hay orden global (autoridad ordenante) que impere sobre la totalidad de los segmentos de poder. La apolaridad es la anulación respectiva de poderes entre un número relativamente alto de polarizadores secundarios. No es multipolaridad porque la apolaridad no permite la realización de alianzas estables y largo plazo entre actores.

 

Hay una multiplicación cualitativa y cuantitativa de actores/polarizadores. No sólo más, sino también nuevos actores con capacidad de influencia. Ellos van desde la banca acreedora (occidente blanco) hasta la emergencia de nuevos Estados (razas marginales hasta la segunda guerra civil europea). Ahora, las relaciones mundiales no son sólo inter/estatales, sino inter/nacionales e, inter/organizacionales, inter/culturales pero, sobre todo, inter/étnicas.

 

La modificación de la estructura global - el pasaje de un orden a un des/orden - se realiza a través del control, por parte de actores secundarios, de los distintos segmentos de poder que la conforman. Los actores pugnan por el control de las áreas más importantes que integran la actividad mundial global. En muchas áreas o segmentos no hay un actor predominante porque se está iniciando un conflicto de licuación de vastas proporciones.

 

Actualmente la actividad mundial se caracteriza por tener una "autoridad ordenante" cada vez más débil a medida que los conflictos que se avizoran se hacen cada vez más reales. Ello conlleva una creciente desconcentración del poder; éste se hace difuso. La difusión (licuación) del poder es el resultado de una represión recíproca entre adversarios cada vez más numerosos e iguales. Cada vez es menor la  "autorepresión de potenciales disturbadores". Esto último comenzará a evidenciarse, por ejemplo, con la recomposición y potenciación que en estos momentos se realiza en el mundo árabe musulmán y en otros muchos puntos del planeta ([8]).

 

 LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA COMO FACTOR DECLINANTE DE LA POLARIZACIÓN INTERNACIONAL

 

Y así llegamos al punto más importante de esta cuestión: la situación interior de la sociedad norteamericana y sus reflejos sobre su sistema de poder exterior. Si tomamos en cuenta algunos parámetros que esa sociedad presenta en este fin de siglo [un conglomerado de grupos humanos todos ellos étnica y culturalmente minoritarios], sus proyecciones podrían generar una verdadera fractura etno-cultural en la sociedad norteamericana. Las recientes olas inmigratorias en las últimas dos décadas han modificado drásticamente la composición cultural, religiosa y étnica de los Estados Unidos. Los blancos europeos serán dentro de poco sólo algo más de la mitad de la población. Dentro de ese grupo étnico los más afectados serán los blancos anglo-protestantes. Lo que señala que el propio lobby judío se verá arrastrado a la baja cuantitativa, lo que podrá afectar también a su poder