Caracas, Buenos Aires, Jerusalén. Ejércitos +
caudillo + pueblo
Norberto Ceresole
Caracas, marzo de 2001
Índice
Introducción
Capítulo 1. La entropía de la revolución bolivariana
Ejércitos, caudillo, pueblo
Sobre la fuerza armada nacional
Fuerza armada y partidos en Venezuela
El «holocausto argentino» (según Israel)
Pensamiento estratégico y producción para la defensa
Brasil
Los mariscales de la derrota
La revolución ¿ha comenzado?
El striptease de la inteligencia
Hipótesis de conflicto y guerra ideológica
Cuestiones de revolución y de contrarrevolución en
América Meridional
Geopolítica y revolución
La nueva clase
Entre Jimmy Carter y Frantz Fanon: ¿es el chavismo una versión levemente
«militarizada de la vieja socialdemocracia?
Anexo documental: Entrevistas
Capítulo 2. Guerra y sociedad (ejércitos y pueblo) Argentina, 1982
Incapacidad militar y crisis social
Lineamientos estratégicos y conducción táctica (1982)
La batalla de Malvinas y las líneas de fractura de la política mundial
1914: La primera batalla de las Malvinas
La indefensión en el Atlántico Sur
Las fuerzas armadas en la etapa del desengaño democrático
La derrota
La indefensión
La barbarie tecnológica y la indefensión nacional
Política militar y escenarios de futuro
Estrategias económicas y estrategias militares
Control del espacio y producción de poder
La ocupación del espacio improductivo
Una nueva organización espacial y demográfica
Componentes de la matriz de producción de poder
Historias de la patria e historias de la prepatria: el culto a la
«guerra de la independencia» o el pasado como construcción política
El Mito fundador
Capítulo 3. Palestina: la única víctima del Holocausto
El Estado de Israel es el Dios de Israel
Historia profana de Israel
Judaísmo y sionismo
De Versalles a Nuremberg
Primera intifada
El gran negocio del holocausto
El revisionismo histórico
Síntesis y conclusiones
Epílogo
Introducción
Este es un libro escrito sobre todo para lectores interesados en el proceso
venezolano, que vive una situación extremadamente crítica. Es por ello que
posiblemente deba comenzar por señalar un hecho básico que informa a mi visión
de esa problemática: cualquiera sea la evolución futura de la revolución
chavista, queda excluida la hipótesis de un retorno al sistema político
anterior, excepto que se trabaje con el objetivo de producir una catastrófica
guerra civil. A pesar de todo hay o hubo una revolución.
El primero de estos ensayos, Entropía de la revolución bolivariana fue redactado
en base a unos veinte artículos publicados por mí en la prensa venezolana
durante el año 2000. Una parte de este trabajo, en consecuencia, lleva todavía
las huellas inmodificables del estilo periodístico. Lleva asimismo dos
reportajes como anexo documental. Naturalmente este trabajo es la continuación
(ratificación o, en algunas cuestiones, rectificación) de mi libro anterior
Caudillo, Ejército, Pueblo y, posiblemente, en ese sentido represente el punto
culminante de mi interés por Venezuela y el fenómeno chavista. En definitiva, y
hasta este momento, el chavismo fue mucho ruido para tan pocas nueces. Sin
embargo produjo un corte en la historia contemporánea de Venezuela, una fractura
con la profundidad suficiente para definir, a partir de ella, un antes y un
después. Pero esa fractura no fue nunca un impacto geopolítico regional.
El segundo de los ensayos Guerra y sociedad, está íntimamente relacionado con
los fenómenos de convergencia cívico-militares; expresa una visión muy
particular, aplicada además sobre un caso muy concreto, referida a las
conexiones que se deben consolidar entre los ejércitos y el pueblo, para que una
nación periférica, como decía Heidegger, deje de ser pura inercia colonizada y
pase a formar parte de la Historia. Sobre las cuestiones que trata este ensayo
hemos hablado mucho con el comandante Chávez entre 1994 y 1995: tal vez en ese
punto radique su verdadero interés político, para los lectores venezolanos, al
menos.
El tercer ensayo tiene que ver con un factor siempre presente en nuestros países
de la América Meridional: el factor judío, representado, entre otros actores,
por la pérfida acción encubierta de los servicios de inteligencia del Estado de
Israel. Curiosamente no existe ningún ciudadano «progresista», ni en nuestra
América ni en el mundo occidental, que no exprese un amor profundo, casi
místico, por ese Estado criminal. El Estado de Israel combatió a todas la
guerrillas y proveyó de armamentos y asesores a todas las dictaduras militares
de la región. Sin embargo «la izquierda» sigue glorificando a ese Estado,
seguramente por una cuestión patológica explicable sólo a nivel genético, pero
en todo caso insuperable e incurable.
Capítulo 1. La entropía de la revolución venezolana
La crisis ideológica y la parálisis y desintegración operativa que afecta a la
nomenklatura quintarrepublicana es la versión tropical del mismo viejo delirio
que siempre calentó los sesos de los «iluminados», en todo tiempo y lugar:
confundir con la realidad lo que sólo está escrito en un papel. Es cierto que el
texto de la nueva Constitución otorga libertades extraordinarias a los
ciudadanos de Venezuela, pero en la vida real se le sigue prohibiendo a la
inmensa mayoría de la población el derecho más simple, que es el derecho a una
vida económicamente digna.
Discursos delirantes hablan hasta la saciedad del «poder popular» y de la
«democracia directa», pero se le niega al pueblo un simple y sustancial aumento
salarial, que es el inicio y la base insoslayable de cualquier proyecto mínimo
de justicia social. Estamos en el núcleo de todos los proyectos izquierdistas,
que cuando se transforman en gobierno, en cualquier parte del mundo, constituyen
la negación de cualquier práctica económica distribucionista. Todos los
regímenes de izquierda que nacieron y murieron en el siglo XX prefirieron
trabajar con mano de obra esclava o semi-esclava; en todo caso con proletariados
con bajísima capacidad económica.
En oposición a esos regímenes surgieron las distintas formas de «fascismos» y de
populismos. El denominador común de todos esos «fascismos» y populismos fue su
voluntad distribucionista que, históricamente, a lo largo de todo el siglo,
estuvo en franca y clara oposición al concentracionismo económico (en el
«Estado» y en la nomenklatura) de las distintas formas a través de las cuales el
marxismo-leninismo accedió al poder. No hubo ningún gobierno «de izquierda» que,
para lograr la tan anhelada «acumulación original», no haya acudido, en primer
lugar, a la superexplotación del proletariado y del «bajo pueblo» en general.
Venezuela sigue por el mismo camino «progresista». Pero negándolo en los
discursos a cada momento, lo que lleva a un verdadero delirium tremens, que me
recuerda las discusiones que hace treinta años manteníamos con un grupo de
amigos (los entonces llamados «albaneses») del Partido Comunista Italiano. Allí
se trataban hasta en sus detalles más insignificantes las características que
deberían poseer los «nuevos hombres» que construiría el «verdadero socialismo»
de Enver Hoxa. Pero nunca se resolvieron los «pequeños detalles» de la vida: con
el tiempo el régimen cayó y aún no se había siquiera diseñado el alcantarillado
y no había luz eléctrica fuera de algunas manzanas del centro de Tirana.
Hoy Venezuela está afectada, en esencia, por la misma parálisis, por un tipo
similar de demencia política: el síndrome albanés. La nueva clase gobernante
carece en absoluto de capacidad para traducir en hechos puntuales y concretos,
económicos y sociales, dentro de la misma comunidad venezolana, aunque sea sólo
una parte de los confusos lineamientos estratégicos que expone el Presidente.
La ruptura entre el discurso y la práctica económica, social y política se
produce por dos motivos básicos: por la confusión intrínseca de la estrategia
que expone el presidente (declamar objetivos sin señalar nunca los medios para
realizarlos), y por la ridícula pretensión de alcanzarlos a través de una
burocracia (nueva clase) no sólo anclada en presupuestos ideológicas del siglo
XIX. El problema es que esa burocracia «democrática» es sobre todo leal al
sistema que dice combatir. Asimismo la ruptura entre la estrategia (exterior) y
las acciones económico-sociales internas es total y absoluta. Lo que significa
que estamos en el camino seguro hacia la catástrofe.
La pretensión de realizar una revolución social interna —construir el tan
cacareado «poder popular» o «democracia directa»— dentro de un marco de economía
de mercado sería aceptable si estamos pensando en un Capitalismo de Estado, o un
Capitalismo Nacional, que es una concepción transideológica que originariamente
emerge de tres conceptos básicos de la Alemania guillermina-bismarckiana, ya
olvidados por las Academias Neoprogresistas: Economía de Guerra, Planificación y
Movilización Nacional.
Son estos conceptos (que deben ser rescatados y revalorizados) los que nos
llevan a expresar una verdad tan simple y elemental que casi avergüenza tener
que recordarla: no puede existir ninguna forma de participación política del
«pueblo» sin una dignificación económica previa de los trabajadores (vía «salariazo»,
en primer lugar), ni una organización productiva mínima de los marginales,
entendida como paso previo a su integración completa en una economía de pleno
empleo.
La nomenklatura quintarrepublicana pretende realizar su «revolución» sin
justicia social no sólo en un marco de «libre mercado» (lo que ya sería la
cuadratura del círculo), sino sobre todo manteniendo el ajuste y la apertura
económica dura y pura. «Ajuste» y «Apertura»: he aquí las dos variables
hegemónicas a las que se considera «conditio sine qua non» para el mantenimiento
del «status quo» con Washington. Después de casi dos años de revolución no se
pueden elevar sustancialmente los salarios de los trabajadores, ni organizar
económicamente a las masas de desocupados a partir de sueldos mínimos asegurados
por el sector público, porque la política económica es de ajuste y apertura (es
decir de transferencias de ingresos hacia la cúpula de la pirámide social y,
desde allí, hacia el exterior del sistema). En ningún momento la conducción
económica ha intentado siquiera alterar parcialmente las reglas impuestas por la
dogmática liberal y por las instrucciones del Fondo Monetario Internacional.
Esto encaja muy bien con la Weltanschauung izquierdista de la nomenklatura.
Estamos simplemente en el puente que siempre unió al capitalismo con el
socialismo real y la socialdemocracia.
Esta estrategia lleva a las Fuerzas Armadas a una actividad puramente
asistencialista y coloca al estamento militar en una posición extremadamente
débil e insostenible en el mediano plazo. Para mantener un discurso falsamente
populista se utiliza a las Fuerzas Armadas en tareas de «asistencia social»,
pero no de organización productiva de la mano de obra expulsada del sistema. El
asistencialismo militar reemplaza, entonces, a la justicia social.
En estas condiciones hablar de «poder popular» o «democracia participativa» es
algo más grave que expresar una mentira disfrazada de verdad: este puro teatro
que representa una revolución sin justicia básica (que es la justicia salarial)
nos coloca dentro de las más estrictas tradiciones de la política económica
marxista-leninista. En todos los casos, sin excepción, el «socialismo» trató de
construir un sistema económico a partir de la superexplotación y de la
esclavización de los trabajadores y de los marginales. Y siempre es lo mismo, en
la ex URSS, en la República Española, en el Chile masónico de Salvador Allende,
en Cuba, en Albania o en la democratísima República de Weimar. El primer derecho
que pierden los trabajadores y los «pobres» es el más básico y fundamental: el
derecho a percibir un salario «sustancialmente digno».
La clave entonces para entender a Venezuela consiste en asumir el hecho de que
por el momento no existe (como inicialmente se pudo haber supuesto) ninguna
diferenciación ideológica entre los dos niveles o escalones de decisiones
instalados en el gobierno.
El escalón estratégico es el que está determinado por el ámbito de decisiones
que emergen de la figura del Caudillo propiamente dicha, tal como yo la he
definido en un libro anterior, con su correspondiente nivel de legitimidad
(legitimidad carismática). El escalón táctico, o formal, es el determinado, en
cambio, por el ámbito de competencia del sistema político que emerge como factor
derivado o subsidiario de la legitimidad carismática, tal como ello será
analizado más adelante. Todo ese sistema político subsidiario o derivado no
tiene ningún tipo de legitimidad. Por el contrario, vino cargado de un fuerte
parasitarismo ideológico que actuó como causa principal en el proceso entrópico
que ya ha afectado a la totalidad del proceso.
No hay contradicciones entre ambos niveles en la exacta medida en que el escalón
táctico, o formal, fue y sigue siendo el ejecutor del proyecto estratégico
central.
La existencia de estos dos escalones o niveles de gobierno es lo que explica,
entre otras cosas, las permanentes contradicciones que surgieron entre las
declaraciones de destacados miembros de la periferia (del gobierno), y algunas
acciones prácticas que en pasado asumió el Caudillo. Ésas anteriores
contradicciones formales son ya cosa del pasado. En la actualidad parece haberse
diluido la frontera que separaba a dos niveles decisionales distintos en
Venezuela. En todo caso ella no era un fenómeno derivado de la existencia de dos
ideologías diferentes (una central y otra periférica) dentro del mismo proceso.
En estos momentos yo he llegado a disponer de una visión muy amplia sobre la
magnitud y la envergadura del bloque de fuerzas que adversan mis propuestas
políticas e ideológicas. El está no sólo en Venezuela sino en el progresismo
(lobby judío) de la Costa Este de los Estados Unidos. No hay que olvidar que
quien legitima simbólicamente el proceso democrático venezolano es Jimmy Carter
(quien en su momento fue el primer presidente norteamericano en viajar a
Israel): esto quiere decir que el «progresismo» internacional intentó y logró,
al menos provisoriamente, cooptar a Chávez. Esta es la raíz del problema de mi
«expulsión» provisoria de la política Venezolana y de todos los agravios que he
recibido en ese país.
Desde hace algún tiempo los analistas y los políticos (entre ellos el ex
vicepresidente del país y el jefe de la DISIP, nada menos) popularizaron el
concepto «ceresolismo» (y en cierto período se refirieron a él con cierta
maníaca insistencia), al que definen como un corpus de ideas «antidemocráticas»
que, sin embargo, para muchos otros ciudadanos de la República bolivariana,
sirve o sirvió de sostén de los movimientos estratégicos del Presidente. Ya
existen, incluso, algunos «ceresólogos» importantes y otros muchos aficionados.
Y como no podía ser de otra manera se han publicado al día de hoy más de 1.000
artículos sobre esta cuestión, tanto en la prensa venezolana como en la
extranjera.
En verdad el «ceresolismo» es presentado como el núcleo ideológico duro de un
proyecto estratégico que supuestamente manejó, en algún momento del pasado,
directa y personalmente, el presidente-Caudillo. Yo admito que lo que hoy en
Venezuela se llama «ceresolismo» es ya una nueva realidad en la cultura política
de ese país, y tema de interés creciente en universidades de la América
Septentrional y en grupos de especialistas europeos. Y ello es así porque
constituye una total transgresión con todo el pensamiento político anterior de y
en la región. Incluso es una contradicción con la versión actual del chavismo,
por lo menos con la que exhibe la nomenklatura quintarrepublicana.
El «ceresolismo» tiene relevancia porque es lo opuesto a todas las formas
anteriores de pensamiento político en un país dependiente, pero de fuertes
tradiciones socialdemócratas, como es el caso específico de Venezuela. Y porque,
además, es un «sistema de pensamiento», es decir, un conjunto de conceptos
ordenados y jerarquizados, donde cada una de ellos está orgánicamente conectado
al conjunto. Tiene además conexiones profundas con importantes movimientos de
ideas —tanto en Europa como en los Estados Unidos— que son vistas por los
«establecidos» como desestabilizantes o desestabilizadoras.
En ese sentido el chavismo no es una ideología emergente del «ceresolismo»; ya
que este último es un aspecto específico y puntual de un vasto movimiento
revisionista internacional, que no acepta el actual universo político y cultural
(del cual «la izquierda» es parte orgánica y constituyente), construido
artificialmente a partir de la última posguerra mundial.
Desde un principio el «ceresolismo» causó una enorme irritación «todo azimut».
La izquierda lo definió como fascista, mientras el establishment lo satanizó
como «antisemita» (curiosa definición negativa de una persona que es amigo del
pueblo árabe, cuna y crisol por excelencia de la raza y de la principal lengua
semita); por su parte, importantes miembros del gobierno lo declararon
inexistente. El espectáculo lo dieron, sobre todo, algunos raquíticos
intelectuales orgánicos a la «idea del progreso», y a las gratificantes becas y
codiciados empleos que ofrece el «mundo occidental» a los «pensadores»
políticamente correctos [1].
Ante un hecho inesperado que se iba consumando con bastante rapidez, de la
irritación se pasó a cierta perplejidad y, en la actualidad, a la aceptación más
o menos resignada de que el mal ya está instalado, y para colmo funcionando,
según algunos «ceresólogos», a través nada menos que del mismísimo Caudillo (lo
cual es cada vez menos cierto, evidentemente).
Esta última etapa eclosionó con el viaje del Presidente a los países miembros de
la OPEP y, sobre todo, posteriormente, con las declaraciones del comandante
Chávez en distintas capitales de la América Meridional, donde reafirmó conceptos
«ceresolianos» duros y puros. Simplemente volvió a enfatizar la idea de la
necesidad de lograr la unidad militar en la América Meridional, como concepción
filosófica y desde una perspectiva del desarrollo económico. El 31 de agosto de
2000, el enviado especial a Brasilia de «El Universal» reprodujo las expresiones
del Presidente en los siguientes términos: «(Según Chávez)... la cooperación
militar no puede quedar fuera del ámbito de la cooperación (en el ámbito de la
América Meridional)... adujo que por objetivos geopolíticos y geoestratégicos de
la región, es imperioso contar con un tejido avanzado en el ámbito castrense,
que además se adapte a las nacientes realidades y a las necesidades de la
población...».
Estábamos en el buen camino: «Todas las falsas integraciones están en crisis.
Tal vez haya llegado el momento de ensayar la única integración posible: la
bolivariana. Ella implica poner en marcha pueblos y ejércitos... y pensar en
definitiva , en un gobierno para toda América Meridional». Esta es una cita de
mi libro Caudillo, ejército, pueblo: la Venezuela del Comandante Chávez, que se
publicó primero en Madrid (editorial Al-Ándalus), en febrero de 2000, luego en
Beirut (en árabe, para todo el mundo Árabe), más tarde en Caracas (en papel
impreso, reproduciendo la edición española) y electrónicamente, en Venezuela
Analítica; y finalmente en Miami, en una editora virtual (www.e-libro.net).
A partir de ese momento se sucedieron acontecimientos políticos de tal magnitud
que señalan la conveniencia de producir una profunda redefinición teórica del
proceso venezolano. Dada la confusión antes señalada se hace necesario
sistematizar el conjunto de ideas (políticas, historiográficas, geopolíticas,
filosóficas y estratégicas) que conforman el llamado «ceresolismo» en Venezuela
y, ya, en otros países de la región. En esa dirección será necesario leer el
siguiente trabajo, que apunta a rescatar la Revolución en tanto transgresión,
sin ningún compromiso ideológico con ninguna de las formas que ha adoptado el
pensamiento, en especial el llamado «revolucionario», en un pasado ya
definitivamente muerto.
Sabiendo que el «mal ejemplo» ya cunde por toda la América Meridional, sólo
acudiremos a la Historia como fuente insustituible de conocimiento, pero nunca
buscando paralelismos imposibles, o pretendiendo rescatar modelos ya
inexistentes y, por lo tanto, irreproducibles. Nunca el pasado, excepto como
grandeza (real o simplemente deseada), volverá a ser presente. «Una revolución
completa de nuestro ser es una necesidad de la historia, supuesto que somos
historia». Martin Heidegger, Lógica, 1934.
Ejércitos, caudillo, pueblo.
sobre la Fuerza Armada Nacional
Cuando sostengo que los Ejércitos, de tierra, mar y aire, constituyen el
escenario insustituible de una trascendental batalla política en Venezuela,
quiero decir que sólo existen dos opciones para los cuadros de esas Fuerzas: o
incorporarse activamente al proyecto estratégico que emerge del principio de
legitimidad carismática, o desaparecer institucionalmente.
En otras palabras. No existen dos proyectos militares. Existe uno solo, porque
el otro está orientado a la destrucción de las Fuerzas Armadas, tal como ya ha
ocurrido en la mayoría de los países «democratizados» y «liberalizados» de la
América Meridional. Es esa experiencia la que nos señala que la eliminación de
las instituciones militares es el prólogo para el ingreso al patio trasero de la
globalidad. Es el sello inequívoco de la colonización en estos tiempos de
«igualamiento» forzado, en el que los hombres se transforman en «chips», y las
patrias en mercados. Al día de hoy sigo pensando como el gran filósofo alemán:
«Sé por la experiencia y la historia humanas que todo lo esencial y grande sólo
ha podido surgir cuando el hombre tenía una patria y estaba arraigado a una
tradición» (Martin Heidegger, Der Spiegel, 28 de marzo de 1967).
Esto significa que la búsqueda de la Fuerza Armada como escenario o campo de una
confrontación política no es algo que dependa de la voluntad de los actores, no
es en absoluto una arbitrariedad ni mucho menos un capricho. La fuerza armada
es, por el contrario, el marco estratégico dentro del cual se resolverá el
destino de Venezuela. Para simplificar al extremo esta cuestión, sin desvirtuar
los términos en la que está planteada, es lícito afirmar que sin fuerza armada,
no habrá destino para Venezuela, porque es sabido que las versiones pos-modernas
de la «democracia» exigen, todas ellas, la desaparición de esas Fuerzas, como
paso previo a la desaparición de las naciones.
No existen dos proyectos militares. Sólo a partir de la legitimidad carismática
es posible elaborar una concepción estratégica dentro de la cual la
institucionalidad militar asume una importancia hegemónica en estos tiempos de
eliminación de fronteras, de exclusiones y de brutales empobrecimientos
materiales y espirituales.
En un principio el proyecto fue caudillo, pjército, pueblo. Pero durante los
últimos dos años prevaleció la entropía, dado que el proceso revolucionario,
interferido por la nomenklatura política, no logró manifestarse a través de
avances concretos ni en el plano de la dignidad social ni en el de la
independencia estratégica nacional. Por lo tanto, la vigencia de la fórmula
exige una modificación importante. Es necesario modificar el orden de los
factores porque el concepto Caudillo, en definitiva, vino viciado con arrastres
partidocráticos y con aberrantes parasitarismos ideológicos. El «partido» que se
coló detrás del Caudillo no aporta nada significativo para la gobernabilidad de
Venezuela (ellos son sólo «cuatro gatos»); la ideología que pretende sustentar
el proyecto del nomenklator es profundamente contrarevolucionaria: el
marxismo-leninismo. No es posible lograr la gobernabilidad del país ni con ese
partido ni con esas ideas. Sino más bien todo lo contrario.
Después de la decepción causada por esta primera etapa del chavismo, los
Ejércitos deben asumir una responsabilidad política y estratégica aún mayor. La
fórmula sería entonces: Ejércitos, Caudillo, Pueblo.
Se trata de que los cuadros militares comprendan a fondo esta situación. Un
retorno a la vieja «democracia» no sólo es imposible. Sería además la
materialización de un destino horroroso: como ya a ocurrido en toda la América
Meridional; una parte de los oficiales se convertirán más o menos en buhoneros,
y la otra en Legión Extranjera Policial especializada en controlar disturbios
internacionales. Ambas, dentro y fuera de una patria que por entonces ya será
inexistente.
Por lo tanto, el campo de batalla intra-militar no es una opción libremente
elegida, sino una cuestión de supervivencia nacional. La continuidad de la
fórmula Caudillo, Ejército, Pueblo no puede ser sino Ejércitos, Caudillo,
Pueblo. Sólo ella podrá mantener e incrementar la cohesión institucional de las
Fuerzas (porque esa cohesión es vitalmente necesaria y la única alternativa al
horror de la guerra civil).
Es imposible un retorno al status quo ante. Efectivamente, en el extremo
opuesto, la opción que plantea la «democracia» marginal —geopolíticamente
subsidiaria— es el camino inexorable de la guerra civil. Será un democracia
necesariamente fraccional y faccional. Que sobre todo necesitará romper la
cohesión institucional de las Fuerzas para llevar a una minoría dentro de ella a
ser la Gendarmería de lo políticamente correcto. Este es el núcleo de la
violencia que oferta el retorno a una Venezuela pre-chavista. Nada nuevo: ya ha
ocurrido muchas veces en nuestra América Meridional. Siempre se bombardea
«preventivamente» a los pueblos en nombre de una «libertad» que, para ellos,
nunca llega.
La «democracia» de la guerra civil es de nuevo tipo; lejos de los presupuestos
del Enciclopedismo, ya no importa cuántos votos tenga un líder. Lo que importa
es saber si esos votos llevan el ADN «democrático», según han definido este
concepto los herederos de los vencedores de Segunda Guerra Mundial. En Europa la
doctrina se aplicó y se aplica en casos extremadamente distintos, como la Serbia
de Milosevic y la Austria de Haider; por ello, tal vez, Vladimir Putin exhorta
al pueblo ruso a agruparse en torno a sus fuerzas armadas, con moral de victoria
y rearmadas. Sólo con las fuerzas ubicadas en ese plano de decisiones
estratégicas se podrá pensar en explotar las líneas de fractura de la política
mundial.
Entendida como elemento hegemónico de un nuevo principio de legitimidad
carismática, la fuerza se convertirá en el eje de un vasto proceso de desarrollo
económico, tecnológico y social (seleccionando tecnologías en áreas hasta ahora
prohibidas —¿Rusia?— y construyendo industrias militares propias, por ejemplo);
y en el núcleo de una geopolítica en primer lugar regional, orientada a producir
honor, poder y bienestar para nuestros pueblos de nuestra Patria Grande. Es
decir, aquello de lo que carecen los excluidos, los fracturados y los
marginales.
La polarización política que plantea la restauración democrática es el inicio de
un camino que, si no se lo bloquea a tiempo, desembocará inexorablemente en una
catastrófica guerra civil en Venezuela. Lo que hoy está actuando en este país,
por encima de todas las coyunturas, es el viejo principio clausewitziano de la
«ascensión a los extremos».
Porque el objetivo real tras las imágenes no es ofertar una alternativa
«democrática» al «caudillismo populista», sino eliminar radicalmente esta última
realidad, cuanto antes, por medios políticos, si fuese posible; eliminarla antes
de que se convierta en un hecho estratégico definitivo y definitivamente
desestabilizador de la América Meridional.
Naturalmente la eliminación política —indolora— del principio caudillista, que
está en la naturaleza e informa a la revolución venezolana, es por definición
una empresa imposible: y ello se sabe con certeza en Washington. En definitiva
el cambio de régimen sólo se podrá realizar por la vía de la fractura militar,
es decir, de la guerra civil. Ese conocimiento exacto está en el núcleo del
crimen que se piensa cometer.
A esta estrategia del enemigo le debe corresponder una contraestrategia nacional
y popular, aún inexistente. La fórmula de la victoria política y militar es
tremendamente simple: solidificar la ecuación ejércitos + caudillo + pueblo. No
hay ningún otro camino para ahorrar sangre venezolana. Y en la mejor opción,
para demostrar que la cuota de sacrificio que deberá poner el enemigo sobre el
campo de batalla será de una magnitud tan horrorosa y contundente, que resulte
suficiente su sola imagen o mención para limitar su estrategia, paralizar sus
movimientos y anular sus intenciones.
Fuerza Armada y partidos en Venezuela
Espíritu militar versus corrupción política
España. En pleno año 2000 en
España se ha realizado el clásico desfile militar «de la victoria» en la ciudad
de Barcelona. Todas las autoridades «autonómicas» de Cataluña se declararon
contrarias al desfile. Barcelona ya es, de hecho, una ciudad extranjera, y los (ex)ejércitos
españoles son tratados como ajenos y hostiles a la nación catalana. En vano el
ministro de Defensa (de España) trató de explicar que los ejércitos (de tierra,
mar y aire) no pertenecen ya a España sino que son multinacionales: están bajo
mando multinacional y se encuentran dedicados a «tareas humanitarias», tales
como el bombardeo a Belgrado y la desmembración de los Balcanes. Sólo bajo esta
cobertura los ejércitos «españoles», que ahora son intercambiables dentro de la
OTAN (como los «chips» de un circuito electrónico), podrán desfilar, por última
vez, en Barcelona. Así, confinados en un rincón de Barcelona, sin material
pesado y como de puntillas. Así se celebró el desfile de las Fuerzas Armadas...
Pero ¿son éstos los Ejércitos de España, o es una ONG con escopetas?... Viven
los Ejércitos un estado de contradicción abierta, flagrante esquizoide: con unas
Ordenanzas que siguen aludiendo a los viejos valores, pero con unos fines,
asignados por la Ley, que no tienen ya nada que ver con aquellos valores, ni con
el destino histórico de España, sino con la defensa del desorden establecido y
del lamentable entramado político que es el régimen.
Argentina. La restauración democrática en la Argentina tuvo un objetivo
prioritario: «desmilitarizar a la sociedad». Ello era urgente porque el «mundo
occidental» no quería más sustos como el de Malvinas (una clásica guerra justa,
además de necesaria). Como cobertura de la desmilitarización se inventa el mito
del «holocausto sureño», que pretende eliminar el análisis objetivo de la
realidad: que allí hubo una guerra civil desatada por el bando «progresista»,
activamente apoyado por la Inteligencia cubana (pero no por la soviética), que
hubo bajas en ambos bandos, y que al final ambos perdieron. Pero el objetivo se
cumple. Se destruyó la industria militar y los desarrollos tecnológicos
nacionales (en especial los nucleares y los misilísticos) que eran los
verdaderos enemigos del mundo global en la región. Naturalmente la indefensión
militar es la otra cara de la llamada «explosión de la pobreza»: hoy 1 de cada 3
argentinos vegetan por debajo del nivel de subsistencia. Pero eso sí, en
«democracia».
India, China, Irán, Paquistán, Turquía, representan más de la mitad de la
población mundial. Todos países muy distintos entre sí pero con un denominador
común: sin su estructura militar y sin su capacidad militar en el campo
científico-técnico-industrial hubiesen carecido de viabilidad nacional y hoy ya
no existirían. Como no existen, nacionalmente hablando, por motivos distintos y
bajo distintas circunstancias, ni España ni Argentina.
Afortunadamente Rusia pudo zafar del horroroso destino que le había preparado la
globalización. Justo a tiempo logró trazar una frontera militar: si el Cáucaso
sufría el mismo destino que los Balcanes, la desaparición histórica de Rusia era
un hecho seguro. Rusia podrá sobrevivir gracias a su Ejército (o «espíritu
militar»), a su tecnología militar y a su competitiva industria militar. Es el
clásico modelo de una nación cuya sociedad se re-organiza a partir de su «virtud
militar», y sólo gracias a ella sobrevive.
No es nada nuevo que las naciones desaparecen a partir de la flaqueza de su
espíritu militar. Yo sostengo que ese espíritu y esa virtud hoy existen en
Venezuela, y que la sobrevivencia de este país, en las actuales circunstancias,
depende decisivamente de su mantenimiento e incremento. Ellos, sin ser
inmaculados, representan valores superiores comparados con la pura y dura
corrupción política, que en esta parte del mundo no es coyuntural sino
estructural, o cultural.
Por otra parte, la dimensión continental en la que se inscribe la revolución
venezolana, hace técnicamente factible y económicamente viable el desarrollo de
proyectos militares regionales en el campo científico, técnico e industrial.
Desde un comienzo, libera la posibilidad de adquirir armamentos y equipos sin
ningún tipo de limitación, y a cambio de contraprestaciones que contribuirán a
independizar el espacio geopolítico de la América Meridional.
El problema del desarrollo de la industria militar no es solamente un problema
político o de soberanía nacional; también debe ser encarado como una cuestión
que se vincula al desarrollo económico. La industria militar nacional dentro de
un contexto regional hará necesario re-establecer y consolidar una relación
eficaz y positiva entre los sectores civil y militar de la sociedad. La relación
Pueblo-Ejército también pasa por el grado de desarrollo del complejo industrial
y científico de la Nación. Esto es así porque el desarrollo de ese complejo no
puede separarse de sus implicancias industriales y defensivas; él debe
constituir uno de los elementos centrales de un gran proyecto nacional
movilizador de voluntades colectivas. Un grado elevado de desarrollo
científico/industrial impulsará una fuerte ligazón entre grupos técnicos
equivalentes, es decir entre profesionales de los sectores militar y civil de la
sociedad, planteando la posibilidad de estructurar nuevos y múltiples canales de
acercamiento entre ambos grupos. La franja profesional de los ejércitos será
tanto mayor cuanto mayor sea su capacidad para manipular tecnologías complejas;
además, será mayor cuanto mayor sea su inserción industrial en el conjunto del
sistema económico.
El «holocausto argentino» (los fundamentos del proceso de
«desmilitarización», según Israel)
Ya hemos dicho que como cobertura de la desmilitarización se inventa el
«holocausto argentino», que pretende eliminar el análisis objetivo de la
realidad reemplazándolo por un Mito. Se empleó la misma exitosa tecnología ya
utilizada en la construcción del Mito de la «culpabilidad alemana» que tuvo por
objetivo principal ocultar una de las más grandes salvajadas de las tantas
cometidas en el siglo XX: la expulsión a sangre y fuego, desde 1947, de 1 millón
de palestinos de sus tierras y de sus hogares (no es éste el lugar para hacer
referencia a las brutales expulsiones demográficas de la posguerra centroeuropea
ni a las masacres de civiles alemanes luego de finalizado el conflicto [entre 9
y 12 millones de muertos, según cálculos recientes]).
La realidad pura y simple es la siguiente. En la Argentina había un régimen
social y político injusto y opresivo. Como en todos los países del mundo. Pero a
diferencia del mundo llamado tercero, en aquella época, sólo 1 de cada 10
argentinos estaban por debajo del nivel de pobreza. Cada tanto algún niño se
moría de hambre en alguna remota provincia. Tomando como bandera casos tan
lamentables como singulares el bando «progresista» toma la decisión de desatar
una guerra civil. Esa decisión de la guerrilla fue activamente apoyada por la
Inteligencia cubana (pero no por la soviética). Luego allí hubo bajas en ambos
bandos, y al final ambos perdieron.
Los militares establecidos cumplieron fielmente el rol asignado por la
estrategia norteamericana durante la guerra fría: eliminar al «agresor
comunista». Sin duda alguna cometieron «excesos» en la represión de una agresión
previa. Pero lo peor es que fueron cómplices —algunos involuntarios— de un
proceso que terminó aniquilándolos a ellos mismos. La «economía de mercado», que
introducen a la fuerza, destruye, casi en primer lugar, a la industria militar y
a los desarrollos tecnológicos nacionales (en especial los nucleares y los
misilísticos) que eran los verdaderos enemigos del mundo global en la región. Al
final lo que comienza como represión militar deviene en indefensión nacional,
que es la otra cara de la llamada «explosión de la pobreza»: hoy 1 de cada 3
argentinos vegetan por debajo del nivel de subsistencia. Pero eso sí, en
«democracia». Muchos niños y adultos mueren de hambre todos los días aún en las
zonas «ricas» del país.
Desde el punto de vista de los intereses argentinos la de Malvinas fue una
guerra de legítima defensa y, contra lo que vulgarmente se cree, era además una
guerra ganable para la Argentina; pero fue conducida con cobardía estratégica
dentro de los marcos del mundo bipolar de la época. Desde su comienzo, y durante
su transcurso, numerosos voces democráticas se alzaron en defensa del
imperialismo británico. Algunos sostuvieron que las fragatas británicas tenían
por objeto «restaurar la democracia» en la Argentina. Lo cual, al final, fue
rigurosa y desgraciadamente cierto.
En la actualidad muchos de esos traidores de entonces elaboraron una versión
específica del «holocausto argentino» (oficialmente unas 11.000 víctimas en
total, contando los muertos de ambos bandos). Según ellos, la dictadura militar
tuvo por objeto realizar «... la mayor matanza de judíos y la mayor persecución
antisemita registrada desde la segunda guerra mundial» («Entregaron a Garzón
pruebas de la persecución a judíos», en Clarín Digital, 20 de abril de 1999).
«El rabino Daniel Goldman... explicó que aunque los judíos eran sólo el uno por
ciento de la población argentina, representaron el 12 o 13 por ciento de los
torturados, asesinados o desaparecidos» (Clarín, op. cit.). «El episodio
genocida antisemita de la Argentina no contiene elementos sustancialmente
diferentes de los que en otras dimensiones y ámbitos emergen en los programas
zarista y estalinista y en la Alemania hitleriana» («Informe presentado al juez
español Baltasar Garzón»).
Si estas informaciones que aportan las organizaciones judías son ciertas, y muy
probablemente sean ciertas, significa que los judíos tenían una extraordinaria
representación (¿Cómo denominarla?: ¿Étnica?, ¿Racial? ¿Religiosa?) en las
organizaciones armadas irregulares: la «guerrilla» en la Argentina de aquellos
años era predominantemente judía, según inobjetables fuentes judías del
presente. Estaban representados por un porcentaje en todo caso muy por encima de
su representación social global, que nunca excedió el 2% de la población («1296
judíos fueron asesinados, lo que supone un 12,43 por ciento del total de las
víctimas...»).
Este dato oficial de las organizaciones judías (esta altísima participación de
judíos en los grupos «guerrilleros») puede y debe ser interpretado, también, en
el sentido de que existe una muy alta probabilidad de que la desestabilización
terrorista (y los consiguientes enormes daños y muertes que tanto ella como la
posterior represión militar ocasionaron) haya sido obra, sobre todo, de una
conspiración finalmente orientada a anular la capacidad de control del Estado
nacional sobre el territorio y la sociedad argentina, en beneficio de otro
Estado y de grupos étnicos no argentinos.
¿Sabía esto Fidel Castro cuando de los 60 a los 70 organiza la agresión y ordena
crear un «Vietnam gigante» en toda la región?: «En el único lugar donde no
intentamos promover la revolución fue en México. En el resto, sin excepción, lo
intentamos» (Fidel Castro, «Discurso ante la Asociación de Economistas de
América Latina y el Caribe», el 3 de julio de 1998. Fuente: Clarín Digital, 4 de
junio de 1998). Más de cien mil muchachos americanos fueron víctimas del delirio
guevarista conducido por el aparato castrista de inteligencia, y otros, como el
Departamento de América del Comité Central del Partido Comunista Cubano.
Pensamiento estratégico y producción para la defensa
La Defensa Nacional está íntimamente relacionada con problemas de política
exterior, es decir, con situaciones de naturaleza estratégica; con cuestiones
económicas (economía de la defensa), de doctrina militar y con la política
interior pero, sobre todo, la concepción de la defensa se relaciona con un
proyecto de país. ¿Cómo podría ser posible, por ejemplo, construir una industria
militar con cierta capacidad tecnológica propia (compartida con otros actores
dentro de la Región Geopolítica de la América Meridional), si dicha industria
sigue atenazada por una doctrina militar que es transferida desde el exterior
tanto al país como a la región?
Un país que produce determinada tecnología tiende a autonomizarse en el campo de
las relaciones internacionales. Ello es inaceptable para la potencia hegemónica.
En consecuencia, la relación que existe entre pensamiento estratégico e
industria de la defensa es profunda e íntima.
El problema del desarrollo de la industria militar no es solamente un problema
político o de soberanía nacional; sobre todo debe ser encarado como una cuestión
que se vincula al desarrollo económico. El perfil productivo es por lo tanto un
elemento que también incide en la reforma institucional de las fuerzas armadas.
Las relaciones existentes entre pensamiento estratégico, doctrina militar e
industria de la defensa, son directas e inmediatas. Esto quiere decir que sin un
pensamiento estratégico capaz de colocarnos en el marco de las relaciones
internacionales con el máximo de libertad y de autonomía nacional, no es posible
construir una industria militar, una industria de la defensa moderna, entendida
como un enorme tractor del resto del sector industrial.
El desarrollo científico, tecnológico e industrial, debe estar orientado en
primer término a cubrir las necesidades internas de la defensa; no obstante, si
solamente se limitara a cubrir estas necesidades sería un enorme fracaso
económico. Por lo tanto esa industria sólo podrá existir dentro de un entorno
donde se verifique un incremento sustancial de los intercambios industriales
dentro (y fuera) de la región geopolítica. No puede haber una disociación entre
el concepto de soberanía y el de desarrollo económico porque, de esa manera, no
estaríamos hablando de la soberanía sino de una crisis económica que afecta y
limita a la soberanía. Soberanía es lo contrario a dependencia. Dependencia es
incapacidad de ejercer poder. El que depende no tiene poder.
Queremos que la región a la que pertenecemos —la América Meridional ya definida
por los ejércitos de Bolívar— adquiera poder para dejar de ser dependiente y
para que tenga la posibilidad de ejercer una acción a nivel de política
internacional. Por ello el origen de la re-industrialización venezolana en
América Meridional podría estar también en la creación de industrias militares.
Estas industrias serán parte de un «capitalismo de Estado» que nacerá para
reemplazar la pereza histórica de un empresariado industrialmente indolente.
Advertiremos que ese proceso de estructuración será en definitiva una alianza
entre la Fuerza Armada y nuevos grupos empresariales, en función de determinados
proyectos específicos definidos por el poder político.
La industria militar nacional dentro de un contexto regional hará necesario
re-establecer y consolidar una relación eficaz y positiva, en base a un proyecto
de crecimiento, entre los sectores civil y militar de la sociedad. La relación
Pueblo-Ejército también pasa por el grado de desarrollo del complejo industrial
y científico de la Nación. Esto es así porque el desarrollo de ese complejo no
puede separarse de sus implicancias industriales y defensivas; él debe
constituir uno de los elementos centrales de un gran proyecto nacional
movilizador de voluntades colectivas.
BRASIL. De Tierra del Fuego a Caracas: elementos para una estrategia de
cooperación entre las áreas Venezuela/Caribe/Pacífico/Cuenca del Plata) (escrito
en Caracas en 1994, excepto los primeros párrafos)
Los acuerdos recientemente logrados con Brasil son, obviamente, de una
importancia extraordinaria. Responden a una idea que comenzamos a elaborar con
el Presidente en Buenos Aires, a mediados de 1994. Luego, en el mes de abril de
1995, yo fui invitado por mis amigos brasileños (en su mayoría oficiales
superiores del ejército e investigadores de los principales centros de estudios
geopolíticos) a pronunciar una conferencia en la Secretaría de Asuntos
Estratégicos, ante un extenso pero sobre todo muy cualificado auditorio. Fue
allí, en ese específico y concreto lugar de Brasilia, donde la élite
gubernamental brasileña escuchó hablar, por primera vez, de un tal comandante
Chávez. Todos los asistentes a esa conferencia —funcionarios brasileños de alto
nivel, oficiales militares y personal diplomático extranjero— pensaron que yo
estaba un poco loco cuando mencioné el nombre y presenté el perfil del llamado
comandante Chávez, diciendo que él sería el futuro presidente de Venezuela.
Todos los asistentes menos uno. El entonces embajador en Brasilia y actual
embajador de Venezuela en Washington, con la rapidez de un rayo, envió un fax a
la Casa Amarilla de Caracas, en donde informaba que en esa conferencia yo había
insultado al presidente Caldera. Esa gruesa mentira y esa pequeña alcahuetería
contribuyó a mi expulsión de Venezuela en junio de 1995, y a la anulación de un
programado viaje a Brasil, en ese mismo mes y año, del hoy presidente Chávez.
La idea básica central era y es impulsar a Venezuela hacia el Sur (demográfica,
económica y militarmente), sobre todo para disminuir sus vulnerabilidades
localizadas en la costa caribeña (el «Mediterráneo [Norte]Americano»); pero sin
dejarse atrapar por los tentáculos de la «geopolítica brasileña». La maniobra,
por lo tanto, exigía y exige un doble movimiento: de cooperación con el Brasil
y, al mismo tiempo, de integración geopolítica con la América Andina de la
Cuenca del Pacífico Meridional. Asimismo exigía (y exige) que la Argentina
movilizara sus energías también hacia el área del Pacífico Meridional, por la
vía del Alto Perú (hoy Bolivia, la más austral de las unidades geopolíticas del
espacio estratégico bolivariano) y del Perú, siguiendo aproximadamente los
viejos caminos incaicos.
Uno de los desafíos intelectuales más importantes que hoy debemos afrontar tanto
los suramericanos como los caribeños es cómo expresar en términos del siglo XXI
los elementos centrales de la estrategia continental/integrativa expuesta y
practicada por los Libertadores desde los comienzos del siglo XIX.
La mayoría de los discursos «latinoamericanistas» no pueden hoy evadirse de
cierta carga folclórica que en definitiva oscurece el núcleo estratégico del
pensamiento continentalista del siglo XIX, que tenía por objeto encontrar un
centro de gravedad a partir del cual se pudieran generar condiciones destinadas
a establecer un equilibrio de poder en el Hemisferio Occidental, un balance
estratégico armónico entre las dos grandes masas continentales de ese
hemisferio: la septentrional (América del Norte) y la Meridional (América del
Sur).
Nosotros trataremos de exponer un pensamiento «latinoamericano» tratando de
evadirnos del plano ideológico y meramente exhortativo. Trataremos de
mantenernos en el campo geoestratégico, en términos de espacio, buscando
proyecciones hacia el siglo XXI, en términos de tiempo. Para ello comenzamos por
señalar que una de las condiciones para producir ese equilibrio entre dos
continentes dentro de un mismo hemisferio consiste en lograr un canal efectivo
de relacionamiento económico y geopolítico entre el Caribe y el extremo Sur de
la masa continental de América del Sur.
Lograr un nuevo equilibrio de poder en el Hemisferio Occidental significa
fracturar dos viejos conceptos: el Caribe (y América Central) entendido como
«frontera imperial» (receptor pasivo de los efectos de las luchas de poder entre
Estados europeos —siglos XV/XIX); y el del Caribe entendido como «Mediteráneo
Americano», vigente por lo menos a partir de la guerra hispano/norteamericana.
La posibilidad de consolidar un espacio único entre el Caribe y América del Sur
significaría producir una alteración geoestratégica de extraordinaria magnitud
en el Hemisferio Occidental, en circunstancias regionales y globales que
presentan, por primera vez, algunos signos favorables a ese proceso.
A nivel global, existe una multiplicación efectiva de polos de poder: ya no es
posible percibir al sistema internacional como girando en torno a un único polo
de poder, como se insinuó durante los primeros tiempos de la posbipolaridad.
En el plano regional comienzan a registrarse los primeros síntomas en la
superación de las viejas fracturas geopolíticas que históricamente dividieron al
continente sudamericano en tres zonas de movimiento totalmente distintas y
distantes unas de otras. La zona de movimiento caribeña de América del Sur
(Ecuador, Colombia y Venezuela), el enorme espacio brasileño, y la región
andino/platense (Perú, Bolivia, Chile, Paraguay, Uruguay y Argentina).
Cada una de esa zonas de movimiento o regiones geopolíticas vivieron hasta hace
muy poco tiempo de espaldas unas con otras. El caribe sudamericano mirando hacia
el norte, Brasil mirándose a sí mismo y, en el extremo sur, Argentina,
pretendiéndose Europea y, por ello, fingiendo ser absolutamente distinta a todos
los demás.
Hace muy pocos años que Brasil comienza a manifestar una «conciencia
sudamericana», y ello tuvo mucho que ver con los problemas de frontera que
eclosionaron en su región amazónica. Ahora muchos pensadores brasileños perciben
que Brasil puede jugar un rol significativo en el establecimiento de vínculos
entre el Mercosur y el Caribe, principalmente a través de Venezuela. El profesor
Helio Jaguaribe elaboró el Proyecto Alvorada, que hace de Venezuela un polo
insustituible para unificar el continente desde la Patagonia hasta el Caribe.
La fusión, en un mismo espacio geopolítico, del continente Suramericano con el
Caribe es la única alternativa que permitiría neutralizar cualquier tipo de
influencia negativa ajena a ese espacio, especialmente en el caso altamente
probable de que ésta provenga del propio Hemisferio Occidental.
Al día de hoy no existe ningún impedimento técnico que impida lograr que esa
interconexión (entre un espacio insular -Caribe- y otro continental —América del
Sur) se establezca a través de un poderoso canal de movimiento de mercancías,
servicios y personas objetivado en una gran hidrovía que suelde verticalmente
las tres grandes cuencas hídricas del continente: la del Orinoco, la del
Amazonas y la del Plata.
Cuando ese gran canal de movimiento de hombres y de riquezas funcione a plenitud
y bidireccionalmente, la Cuenca del Caribe podrá verle la cara a la Cuenca del
Plata. Y ambas configurarán los extremos de un vasto espacio continental,
marítimo e insular con capacidad propia para incidir fuertemente en los asuntos
del mundo.
El «Mediterráneo Americano»
Los problemas de inviabilidad
nacional que han sufrido y sufren la totalidad de los países de la Cuenca del
Caribe están todos inexorablemente relacionados con el proceso de atracción y de
hegemonía que sobre toda esa Cuenca ejerció su ribera septentrional, es decir,
los EUA.
Si esta afirmación es válida también lo será la inversa: los procesos de
viabilidad nacional en esa vasta región sólo serán posibles cuando exista un
nuevo polo referencial —de naturaleza no hegemónica sino cooperativa e
integrativa— actuando sobre su ribera meridional. Pero para que ello ocurra
deberá existir el canal de acción a través del cual la masa continental de
América del Sur pueda volcar recursos, hombres y servicios sobre esa ribera
meridional de la Cuenca del Caribe y, viceversa, cuando la totalidad de esa
Cuenca pueda relacionarse con un vasto espacio económico que tradicionalmente ha
vivido ajena y a espaldas de ella.
Una de las causas principales de que el Caribe y América Central se hayan
convertido en «Mediterráneo Americano» —esto es, en «patio trasero» del ecumene
norte/americano- fue la imposibilidad de transitar esa enorme frontera física
representada por la «olla amazónica». Hasta hace muy poco tiempo, la vastedad e
intransitabilidad del espacio amazónico impidió la vinculación física entre el
Sur y el Norte y entre el Pacífico y el Atlántico del Continente Suramericano.
La nueva actividad de Brasil dentro de ese enorme vacío disgregador, cuya última
acción se objetivó en el Plan Calha Norte, está comenzando a alterar una
situación que subalternizaba globalmente a la totalidad de la América del Sur y
del Caribe.
Entre ambos espacios de un mismo continente sólo existió un elemento físico
vinculante: el espinazo andino. Pero fue sobre la ribera del Pacífico, en
Guayaquil, donde se produjo —en el siglo XIX— un nada casual desencuentro entre
dos movimientos militares «liberadores»: el del Norte y el del Sur.
En el Oriente, el vacío amazónico impidió la interconexión entre los espacios
del Norte y los del Sur de la América del Sur, y condenó al Caribe y a la
América Central a girar inexorablemente, como elemento subsidiario, en una
órbita alrededor del «Sol» del poder económico y demográfico de la América del
Norte.
Como parte del mismo movimiento centrífugo los dos extremos de lo que
genéricamente se ha llamado América Latina, Argentina y México, fueron
expulsados uno hacia un decadente y ficticio exilio europeo, y el otro hacia una
«integración» sin retorno con el ecumene económico de la América del Norte.
En la masa continental de la América del Sur el vacío amazónico operó como
frontera inexpugnable e intransitable entre los dos extremos de una misma masa
continental, condenando a ambos a una situación de dependencia creciente.
Existió un «Mediterráneo Americano» (es decir, un «patio trasero» de un ecumene
septentrional) porque existió un vacío amazónico. Y en este punto la analogía
con el viejo Mediterráneo euro/afro/asiático, y la lucha secular entre su ribera
septentrional y su ribera meridional se hace insoslayable.
Es ese enorme desierto que se extiende desde el Sahara Atlántico hasta el centro
de Asia, hasta las mismas puertas de Beijín quien que posibilitó —al igual que
Amazonas en la masa continental sudamericana— la enorme influencia que sobre el
Mediterráneo Euro/afro/asiático tuvo la aparentemente lejana región Noratlántica.
Porque es en definitiva el Atlántico Norte y no el Sur de Europa quien
«coloniza» la ribera meridional del «Mediterráneo Antiguo». Si hubiese existido
un vía de comunicación eficaz entre el Sur de Africa (en momentos en que ese
Continente estaba aún pletórico de riqueza demográfica), las vastas masas
continentales del Asia Central y la ribera Meridional del Mediterráneo Antiguo,
muy distinta hubiese sido la historia de Europa.
Mientras la Cuenca del Caribe continúe siendo un ámbito de seguridad regional de
la América Septentrional no existirá ninguna posibilidad de construir un balance
de poder en el Hemisferio Occidental, es decir, no habrá ninguna posibilidad de
expandir el techo autonómico para los Estados del Caribe, de América Central y
de América del Sur. El futuro eje de cooperación entre ellos pasa
inexorablemente por la construcción de un canal físico de intercomunicación, a
través del cual se pueda edificar un espacio geopolítico entendido como área
común de movimiento, desde la insularidad caribeña hasta las frías tierras
patagónicas.
La «suramericanización» de Brasil
Es un hecho extremadamente reciente —comienzos de la década de los 90— la
inserción creciente del Brasil en la dinámica continental sudamericana. Hasta
ese momento las relaciones del espacio brasileño con el resto del continente se
daban a través de lo que se ha dado en llamar la «geopolítica brasileña», que
incluía pocos elementos de cooperación pero muchos canales de absorción de
poder.
Grandes proyectos regionales, como el sistema de carreteras amazónicas, las
grandes obras hidroeléctricas en la zona de la Cuenca del Plata, los Tratados
regionales, y un largo etcétera de relacionamientos entre Brasil y el resto de
Suramérica, colocan al espacio brasileño mucho más en contacto con el espacio
continental de la América del Sur.
No es que Brasil renuncie a una autopercepción geopolítica que tradicionalmente
lo ha impulsado a actuar como una potencia regional con intereses globales. Lo
que sucede es que esa proyección global ha tropezado con grandes dificultades y
tiende a imponerse una política de cooperación regional más activa. Incluso
muchos analistas brasileños han planteado en los últimos tiempos que esa
proyección global es imposible si previamente no se consolida un sistema de
cooperación regional.
Como elemento preparatorio de este novísimo proceso de «sudamericanización» del
Brasil habría que señalar las nuevas percepciones que en distintos centros de
estudios de ese país emergen en relación al Caribe hacia mediados de los años
80. El elemento catalizador de este acercamiento entre Brasil y la Cuenca del
Caribe estuvo focalizado en la reanudación de relaciones diplomáticas entre
Brasília y La Habana.
Inicialmente Brasilia inicia su acercamiento con la Cuenca del Caribe a través
de medios de comunicación puramente marítimos. Durante casi una década, desde
mediados de los 80 hasta nuestros días, no es cuestionada la existencia de esa
Cuenca en tanto «Mediterráneo Americano». Es decir, no se la percibe, aún, como
espacio de poder con capacidad para potenciar globalmente a la masa continental
sudamericana.
Sólo el desarrollo creciente de esa experiencia llamada Mercosur logra impulsar
la idea, aún no plenamente diseñada, de que un eventual Merconorte es asimismo
posible en el continente Sudamericano. Pero para que ambos mercados actúen como
elementos de poder en una estrategia de balance de fuerzas en el Hemisferio
Occidental, debe existir —entre otras cosas— una conexión física entre ellos.
Pero una interconexión que asegure un intercambio fluido de bienes con un máximo
de economía entre ambos mercados no puede ser sino una conexión terrestre,
específicamente una hidrovía con capacidad para conectar las tres grandes
Cuencas fluviales del continente Sudamericano.
Cuando se analizan las relaciones entre Brasil y Venezuela, por ejemplo, surgen
con toda nitidez no sólo los obstáculos existentes, sino también sus orígenes y
aún las soluciones disponibles.
Las relaciones diplomáticas entre ambos Estados se remontan a 1853, mientras que
las fronteras fueron definidas ya en 1859. Pero la primera visita de un
presidente brasileño a Caracas ocurre recién en 1977. En 124 años de
relacionamiento formal ninguno de los dos gobierno había sentido la necesidad de
establecer contactos al más alto nivel ni de profundizar ese relacionamiento. La
situación es tanto más llamativa cuanto que entre ambos Estados existe una
frontera común de 2.200 kilómetros de extensión.
Sin duda alguna el vacío amazónica había ejercido, en toda su plenitud y
extensión, toda su fuerza disociativa. Había actuado en la misma dirección
geopolítica que el desierto afro/asiático, favoreciendo netamente la acción
imperial del extremo Norte sobre los espacios meridionales.
Respecto de las relaciones entre Argentina y Venezuela observamos con estupor
que en las estadísticas oficiales del comercio exterior argentino, el
intercambio entre ambos Estados ni siquiera es señalado. Tanto en lo que
respecta a las exportaciones como a las importaciones argentinas, Venezuela
queda oculta, dentro del grupo de países de la ALADI, bajo el rótulo de «otras».
Es lógico, durante los seis primeros meses de 1994, Argentina exportó a
Venezuela alrededor de 100 millones de dólares, e importó de ese país, durante
el mismo período, sólo 25 millones (en ese lapso el intercambio total de
Argentina con la ALADI fue de 10.000 millones de dólares, aproximadamente).
Pareciera ser que el fantasma de Guayaquil sigue vigente entre ambos extremos
geográficos del continente, y que intereses muy concretos se benefician
ampliamente de ello.
Hacia un espacio geopolítico común.
En el mundo contemporáneo los espacios económicos deben concordar con los
espacios geopolíticos. La economía es un poderoso factor que altera, querámoslo
o no, situaciones de poder.
Dentro de esta amplia concepción estratégica deberemos reactualizar el viejo
proyecto de interconexión entre las Cuencas del Caribe y del Plata,
comprendiéndolo, asimismo, como una forma concreta de expresión de un nuevo
nacionalismo continental.
En rigor de verdad no se trata sino de actualizar y de impulsar una vieja idea.
Desde fines del siglo pasado existieron sugerencias como las de William
Chandless (Resumo do itinerario da descida do Tapojos en octubro do 1854, Río de
Janeiro, 1854). En Venezuela, se destacan los trabajos de Chaffaujón, quien fue
uno de los primeros en estudiar el recorrido y las condiciones de navegabilidad
e interconexión entre el Orinoco y el Amazonas.
Uno de los más grandes geógrafos de Venezuela, don Alfredo Jahn, presentó a la
Sociedad Geográfica de Berlín su notable memoria: Contribuciones a la
hidrografía del Orinoco y del Río Negro (Caracas, 1909). Esa monografía causó
gran suceso en los medios científicos alemanes pues fue nada menos que Humboldt
uno de los pioneros de los estudios hidráulicos sobre el Orinoco (Viaje a las
regiones equinocciales del Nuevo Continente).
En el mismo año en que se celebró la Conferencia Regional de los Países del
Plata (1941), la revista del Centro de Ingeniería de Venezuela publicó un
trabajo de don Pedro Ezequiel Rojas (Memoria sobre la navegación fluvial entre
Venezuela y Brasil, Caracas, 1941), que asimismo fue presentado ante el I
Congreso Venezolano de Ingeniería.
En el otro extremo del continente el magno proyecto emerge oficialmente en la
sesión correspondiente al 22 de setiembre de 1948, en la Cámara de Diputados de
la República Argentina. Esta resuelve dirigirse al Poder Ejecutivo de ese país
instándolo a comenzar los estudios para realizar una «gran canal» con capacidad
para interconectar y aprovechar los ríos navegables de las cuencas del Plata,
Amazonas y Orinoco: «Se trata de habilitar una nueva gran vía para el tránsito
de hombres y de mercaderías multiplicando los vínculos humanos y abriendo las
perspectivas de nuevos centros de consumo y de transformación de materias
primas».
El tema ya había sido señalado por la Conferencia Regional de los Países del
Plata (Montevideo, 1941), por el III Congreso Argentino de Ingeniería (CAI,
julio de 1942) y por la V Convención de la Unión Sudamericana de Asociaciones de
Ingenieros (USAI, marzo de 1947). Respecto al gran canal sudamericano
intercuencas, la USAI sostuvo que: «Los grandes sistemas hidrográficos que en
Suramérica tienen extraordinaria importancia ya constituyen valiosísimas
arterias de comunicación» (en el ya mencionado CAI, de julio de 1942, fueron
presentados incluso mapas con perfiles longitudinales aproximados sobre casi
7000 kilómetros de rutas fluviales practicables entre las cuencas del Amazona y
del Plata).
Luego fueron necesarias muchas décadas de decadencia y de destrucción
intelectual para que los habitantes de nuestros países olvidaran el único
proyecto capaz de transformar un latinoamericanismo abstracto, que sirvió de
cobertura para intereses la mayoría de las veces no muy bien definidos. Por la
nueva situación internacional, por la insurgencia de nuevas formas de
nacionalismos y también por el nuevo rol que asume Brasil en el continente, hoy
estamos en condiciones de rescatar una poderosa herramienta de lucha con
proyecciones estratégicas compatibles con la vigencia de un universo científico
y tecnológico, que será posible habitar sólo en condiciones de dignidad
nacional.
Los mariscales de la derrota
En su ocaso, Napoleón definió a
sus generales más importantes, a aquellos que se lo debían todo pero que ahora
platicaban amablemente con el enemigo, como los «mariscales de la derrota». Casi
todos ellos ya estaban satisfechos: tenían poder, dinero, ascenso social y el
perdón misericordioso del sistema establecido, al cual ya estaban integrados. En
definitiva, y desde su particular punto de vista, ya no había ningún motivo para
continuar al lado del Emperador.
Salvando las distancias, esos «mariscales de la derrota», en Venezuela, son los
ilustres miembros de la Nueva Clase. Lo que este «club» ha logrado hasta ahora
es casi un milagro, pero al revés. Ha conseguido lo más difícil: perder
aceleradamente poder en el momento del ascenso. En algo más de dos años ha
transformado una espectacular victoria (la de diciembre de 1998) en una probable
patética derrota, que es esta interminable carrera de obstáculos que no se sabe
cómo, cuándo y dónde va a terminar. Y todo para recién empezar a gobernar.
Las incertidumbres sobre el futuro de Venezuela se incrementan de forma
exponencial: el propio impulso inercial del proceso político ha sido
sustancialmente frenado. Un verdadero regalo para los enemigos de la revolución.
La incapacidad, el oportunismo y las indecencias operativas de la Nueva Clase es
el origen inconfundible de toda una serie de «pequeñas derrotas», cuya suma
puede conducir al conjunto del proceso al punto de no retorno de la entropía
política. Hicieron exactamente lo contraindicado: perder tiempo, enfriar el
sistema, desprenderse, en suma, de lo único que ya no se puede recuperar. Exige
siempre un nuevo sacrificio popular: un plus casi salvaje de esperanza
hambrienta y sedienta, a cambio, siempre, de nada.
Esta maravilla de la «falsa astucia» se fundamentó en una auténtica
superstición: ofertar una imagen «democrática» a nivel internacional. Es por
ello probablemente cierto lo que dijo alguien que acaba de salir de su tumba,
también gracias a la «astucia» de la Nueva Clase: «Chávez sabe que AD lo ha
derrotado internacionalmente» (Timoteo Zambrano a EUD, el 080500).
La Nueva Clase —esta reencarnación subdesarrollada y miserable de los mariscales
traidores— pretenden convencernos que es mejor mostrar nuestro cuello al
verdugo, porque a todo lo que aspiran es a obtener su perdón. En estas
circunstancias, hemos llegado a un punto impensable, a partir del cual todo se
puede aún perder.
La Revolución ¿ha comenzado?
Entre el desfile militar del último 5 de julio de 2000, y las declaraciones del
ministro de la Defensa realizadas el 10 del mismo mes, transcurrieron cinco días
muy importantes de la historia contemporánea de Venezuela.
En esencia, durante esos cinco días ha quedado «oficializado», pero sobre todo
consolidado, el modelo político dentro del cual se realizará en el futuro la
revolución nacional venezolana. Lo expresó con todas las letras, y al más alto
nivel institucional, el general Hurtado: «Los cambios que se están sucediendo en
el país son, por supuesto, violentos, y si bajo esta premisa esto se conceptúa
como cambios revolucionarios, la FAN está de acuerdo con éstos» (Fuente: El
Universal Digital). A la velocidad del rayo se pasó de un «discurso simbólico»
(desfile) a un «símbolo de discurso» (Hurtado).
Todas las estúpidas discusiones están cerradas: el alto mando de la FAN se ha
constituido en la punta de lanza de la revolución nacional venezolana, y en el
puente insoslayable de su continentalización. Su consecuencia más importante ha
quedo expuesta ante el mundo: no será necesaria la existencia de un «partido
único», al viejo estilo corrupto del marxismo-leninismo, excepto para tareas
menores (subalternas) de pura administración política.
Se habían sucedido acontecimientos en Venezuela que urgían la conveniencia de
producir una profunda reconducción del proceso. A partir de allí surge este
grupo de generales jóvenes, sin ningún tipo de ataduras ni de dependencias con
la Nueva Clase; él puede romper una inercia destructiva que amenaza con
apoderarse de Venezuela. Sólo ellos, esos generales convertidos en cúpula
militar, pueden aportarle al presidente Chávez (sí, al irreemplazable Caudillo
de la Revolución) nuevas claves para lograr la continuidad y profundización del
proceso revolucionario. Pero ya sabiendo que el «mal ejemplo» cunde por toda la
América Meridional.
Por supuesto que me declaro «culpable» de haber sido el principal (y por qué no
decirlo: el único) impulsor del «modelo chavista» fuera de las fronteras de
Venezuela. Ningún pseudo intelectual «revolucionario» venezolano hizo lo que yo
hice (siempre como repudiado sureño y con total independencia del gobierno):
escribir, editar y distribuir un libro clarificador sobre Venezuela en Europa,
América y el Mundo Árabe. Pero al mismo tiempo sufro por la enorme soledad en
que me encuentro: la inteligentsia venezolana ha desertado desde un comienzo; se
mostró y aún se muestra incapaz de pensar sistemáticamente y con independencia
de los dogmas académicos heredados. No puede romper los moldes de su formación
liberal-iluminista: no comprende en absoluto los principales acontecimientos del
mundo actual. Por lo tanto el presidente Chávez no sólo carece de pensadores
«orgánicos»: salvo excepciones muy honrosas, está rodeado asimismo de
oportunistas e incompetentes.
Es por ello que me interesa que mi pensamiento quede desligado, con la mayor
claridad posible, tanto del provocador izquierdismo infantil procubano, como de
cualquier otra forma de «modernismo» socialdemócrata neo o post capitalista. En
los años difíciles se lo dije mil veces al entonces comandante Chávez, por los
peligrosos caminos de Venezuela, que recorríamos solos, asediados por la DISIP
del Mossad: tú eres mucho más importante que Fidel Castro; tú serás el «hombre
del destino» y no él, que ya malgastó su «fortuna» política, enviando a la
muerte —a cambio de algo peor que nada— a varias generaciones de muchachos
americanos.
El striptease de la inteligencia
«Virtud pública y vicios privados —creo mucho en eso».
De Eliézer Otaiza a El Nacional, el 10042000
El domingo 16 de julio de 2000, en un artículo de opinión publicado en El
Nacional por el Director General de la Disip, Eliézer Otaiza, el lector puede
descubrir hechos sorprendentes, pero sobre todo inquietantes.
En primer lugar lo más importante. El gobierno revolucionario no tiene enemigos.
«.... Las verdaderas amenazas del siglo XXI (son) el crimen que nos está matando
en las calles, el narcotráfico o la desaparición de los ecosistemas...» . El
lector imagina una organización de Inteligencia y Seguridad integrado por
policías de barrio, expertos en Narco, y valientes militantes ecologistas.
Exactamente como lo quiere el Departamento de Estado de los EUA (y otros
«servicios» occidentales). Una de dos, o bien la que lidera el presidente Chávez
sería la primera revolución de la historia universal que no desarrollara ningún
reactivo, ninguna fuerza que le adverse, o bien el presidente Chávez nos está
mintiendo a todos, y aquí no hay ninguna revolución.
Descartado el «enemigo interno» (de la Revolución), debemos fundirnos en la
globalización. Lo central es, entonces: «...integrarnos inteligentemente al
proceso de globalización.»
Para el joven capitán Otaiza estamos en plena globalización (¡vaya noticia!),
por lo tanto los esfuerzos del Sistema Nacional de Inteligencia deben estar
orientados a adaptar a Venezuela a ese principio universal hegemónico. Como la
globalización es la forma que ha adoptado en la actualidad el Imperium Mundis,
de lo que se trataría, en definitiva, es de eliminar de raíz cualquier proceso
revolucionario nacional, porque por definición todo proceso revolucionario es
una alteración (local) del sistema global, una irregularidad, un «accidente». La
revolución nacional es, entonces, el enemigo: ella nos llevará al «ostracismo»
ya que una Venezuela revolucionaria, es decir, irregular y contestataria, sería
«...ignorada en los procesos de integración» que lleva adelante la globalización
(en beneficio permanente de los pueblos que la soportan, como todo el mundo
sabe).
Ningún contrarrevolucionario (en el sentido exacto que el presidente Chávez le
da a esta expresión) se ha expresado, hasta ahora, con tanta claridad. La Disip,
(que yo bien conozco desde dentro), esa oscura cueva de «soplones» y de
«represores» (tales las palabras exactas empleadas por el propio Otaiza en
referencia a sus hombres), debe aprender modales y comportamientos de la CIA
norteamericana: «Si el lector pudiera visitar la CIA, lo primero que notaría es
que ninguno de los miles de empleados está armado. Cosa contraria ocurre si
visita la Disip o la DIM. Donde decenas de miles de hombres están armados y
entrenados en las artes de la <guerra fría>, ansiosos a la espera de que surja
el <enemigo interno>«. ¿En ese entrenamiento tuvo algo que ver, tal vez, el
Mossad o el Shin Beth israelíes?
El ex stripper de los «vicios privados» pretende separar el concepto de
«seguridad» de la noción de «defensa», en un momento en que una guerra terrible,
ya internacionalizada por los muchachos que andan sin armas dentro de su
oficina, ha sido declarada en la misma frontera occidental de Venezuela. Como
para Otaiza la globalidad es «un mar de felicidad», la guerra civil colombiana
no tendrá ninguna repercusión en el interior de Venezuela; como si se
desarrollara en otro planeta: «Si subordináramos nuevamente la seguridad
(interior, civil) al Consejo de Defensa, estaríamos incurriendo en una trampa
conceptual, porque si definimos la defensa como un todo que engloba a la
seguridad... lo que estaríamos admitiendo es que lo militar prevalecerá sobre la
estructura civil y no viceversa».
Se ha recorrido un largo camino, de la nada hacia la nada, entre el descerebrado
Urdaneta y el globalizante Otaiza... Ahora, en el otro extremo del desvarío,
Otaiza quiere convertir el sistema de seguridad e inteligencia de un país,
afectado por una grave e inédita crisis, y por múltiples amenazas internas y
externas, en una ONG defensora de los «derechos humanos» (en el sentido que ese
concepto tiene en el Imperium: «derecho a la injerencia»). ¿Demasiada mala
suerte o carencia de un marco integrado por claras definiciones ideológicas pero
sobre todo estratégicas? (La estrategia, el problema es la indefinición de la
estrategia).
Al final del artículo del jefe de la Inteligencia aparece mi humilde persona,
como el adversario declarado de la seguridad en democracia en este mundo ideal y
feliz: «...Norberto Ceresole no ha aportado otra cosa que no sean ideas
retrógradas e inviables en este contexto del nuevo siglo y de un mundo
globalizado». Por supuesto. Ya que Otaiza pretende «civilizar» la seguridad
justo en el momento en que es más necesario que nunca una concepción integral de
la defensa (militar y civil, táctica y estratégica). Justo en el momento en que
es más necesario que nunca la existencia de una vinculación orgánica y hasta
jerárquica entre ambos conceptos: entre la defensa, que es lo general, y la
seguridad, que es lo particular.
Con jefes de Inteligencia como éste, en verdad, Chávez no necesita tener
enemigos. Su permanencia en el cargo sería la manera más económica de resolver
mágicamente el problema (el de los enemigos). El Presidente debería patentarlo.
Hipótesis de conflicto y guerra ideológica
La planificación e instrumentalización de la Defensa de Venezuela, hoy, no sólo
debe incluir el concepto de seguridad interior (con la consiguiente
revalorización de un cuerpo excepcionalmente importante como la DISIP), sino
también el factor tiempo: las amenazas que se ciernen sobre Venezuela se
realizarán en plazos mucho más próximos que lejanos.
Tres son las Hipótesis de Conflicto que amenazan hoy la viabilidad de la Nación
y de la Revolución Venezolana. Dos son de naturaleza estrictamente militar, y la
tercera ideológica y político-militar.
Agresiones militares en la frontera occidental (decisión norteamericana de
rearmar al ejército colombiano, que no debe ser identificado automáticamente con
el «enemigo» por excelencia de Venezuela);
Agresiones militares en la frontera oriental (militarización norteamericana del
Esequibo);
Agresiones contra-revolucionarias internas.
Respecto de las dos agresiones exteriores, lo que se está observando es la
materialización de un movimiento de pinzas sobre el territorio de Venezuela. No
hay nada nuevo en cuanto a la concepción: la novedad es que la amenaza ya se
está realizando en forma conjunta, simultánea y veloz. El riesgo es máximo si
consideramos que el agresor (apoyado en una realidad inmodificable: la
estructura geográfica del Mare Nostrum caribeño), puede cerrarle a Venezuela
todas las vías marítimas, negándole el uso de las aguas abiertas del Océano
Atlántico.
Respecto de las dos primeras Hipótesis, dos acciones deben ser impulsadas de
inmediato.
Una acción geopolítica que representa continuar la marcha hacia el sur, la
búsqueda del sur, es decir, el dominio venezolano sobre los grandes espacios
terrestres y fluviales venezolanos, que constituyen la retaguardia estratégica
de Venezuela y de su Revolución Nacional Bolivariana (serán el Ejército y la
Guardia Nacional los responsables directos de esta operación). Y una acción
estrictamente militar-operativa, que debe arrancar de un máximo potenciamiento
de la capacidad militar física de la fuerza armada impulsando la incorporación
de sistemas de armas eficaces, adecuadas al Teatro, y de última generación (en
la adecuación al Teatro de esos sistemas de armas, la participación venezolana,
a nivel científico e industrial, podría ser muy intensa). La marcha hacia el sur
será el primer paso concreto hacia la continentalización de la revolución
bolivariana.
Esa potenciación de los sistemas de armas deberá ser prioritaria en todo el
amplio espectro de la guerra aero-naval, de superficie y submarina (sobre todo
submarina). Será la Marina Militar —en cooperación estrecha con la Fuerza Aérea—
quien tendrá la responsabilidad de evitar la asfixia marítima de Venezuela en el
Mare Nostrum Norteamericano: el Caribe. Debemos dar gracias a Dios que en estos
momentos existe una fuerte tendencia hacia la apolaridad en el sistema
internacional, lo que posibilita que países como Venezuela puedan buscar
proveedores en espacios anteriormente vedados, como Rusia (y otras potencias que
ya disponen de excelentes tecnologías defensivas). Reiteramos la urgencia de
disponer al más breve plazo posible de una fuerza de defensa submarina con una
amplia capacidad de acción (aunque no necesariamente de naves con un extenso
radio de acción), único medio de mantener expeditos los pasos entre el Caribe y
el Atlántico. Esta fuerza submarina deberá operar en estrecha coordinación con
aeronaves de superioridad aérea, pero con base terrestre.
La tercera Hipótesis de Conflicto nos coloca en un Teatro de Operaciones
totalmente distinto. Es la Hipótesis de Conflicto interior. Lo importante es
asumirla como componente de un sistema orgánico de amenazas materializadas a
través de tres Hipótesis de Conflicto, indisociables una de las otras. En este
Teatro Interior de Operaciones sobresale un factor que es la guerra ideológica
contra-contrarrevolucionaria. La contrarrevolución no es solamente la Oligarquía
Globalizante, sino también sus socios de la izquierda (armada o civilizada,
bolchevique o socialdemócrata, castrista o simplemente «progresista», todos
hijos de una misma teología y de un mismo padre Mesiánico), que buscan
infiltrarse en el proceso revolucionario nacional, auténticamente endógeno, para
pervertirlo y anularlo.
Esta guerra ideológica necesita un cuerpo político-militar a través del cual
ella se pueda desarrollar con eficacia. Ese cuerpo será el producto, primero de
la revalorización, y luego de la reconducción, y no de la destrucción de la
DISIP, que está mucho más allá de ser sólo una organización de «soplones» y
«torturadores», como alguien dijo recientemente. Pero como el factor militar es
el elemento determinante de las tres Hipótesis, y su confluencia ineludible, a
él le debe corresponder la conducción del conjunto.
Cuestiones de revolución y de contrarrevolución en América meridional
El triunfo era tan previsible que no podía sino despertar el insaciable apetito
de los depredadores. Todo estuvo perfectamente calculado. Cuando en el minuto
final de la campaña electoral, Fidel Castro (desde La Habana) llamó por teléfono
al presidente Chávez, se reprodujo una clásica imagen (un ejemplo de manual)
entre manipulador y manipulado. Fidel le informa al mundo: «Allí está mi
muchacho, es el mejor, es invencible. Ya ven, no estoy solo. Mi capacidad de
supervivencia se ha incrementado». Chávez no le dice nada ni al mundo ni a su
país. Increíblemente, en el cenit de su victoria personal, parece aceptar el rol
pasivo asignado por el manipulador: ser el mejor alumno del viejo zorro, que se
presenta urbi et orbi como el ganador de las elecciones venezolanas. Como el
verdadero poder detrás del trono.
Fidel gana, Hugo pierde. Se entiende y hasta se acepta la jugarreta de Fidel. No
se comprende en absoluto la inocencia (para decirlo con toda suavidad y cautela)
del Caudillo venezolano. Cuando Chávez se puso al teléfono lo único que le
quedaba por hacer, después, era pagar la factura de un tenebroso y oscuro
proceso, que es el de Cuba reintegrándose a la globalidad. Esta imagen, la de
Fidel asumiendo la paternidad de la Revolución Venezolana, ha quedado grabada en
toda la prensa internacional; es la imagen de un padre orgulloso de la
invencibilidad de su hijito. Sin embargo, y porque existe una historia que todos
conocemos muy bien, ella hiere profundamente la sensibilidad y el orgullo del
pueblo y de la fuerza armada venezolana, en la misma medida que alimenta el
izquierdismo pueril y atrasado (pero eso sí, «democrático») de algunos partidos
del Polo Patriótico y de algunos altos funcionarios del gobierno, que hoy son lo
que son sólo gracias al Caudillo y al Ejército venezolanos.
No olvidemos que los comunistas, los autores de los más horrendos genocidios de
la historia de la humanidad, son recordados ahora, en la Europa poshistórica,
como antiguos «luchadores por la libertad». Se han borrado las fronteras entre
el marxismo (leninista o democrático) y la «civilización global», en este falso
«fin de historia».
Yo sigo pensando que la Revolución Bolivariana será cabeza de león o no será
nada. Porque en el otro extremo de las «jineteras» cubanas, en ese mismo plano
de indignidad y corrupción, están las masas hambreadas de la Argentina
democratizada a palos, un modelo típico de «cola de ratón». El último Censo
oficial publicado en noviembre de 2000 en Buenos Aires indica que un treinta por
ciento de la población económicamente activa (30%, que significan unos 4.100.000
habitantes) es muy pobre, está por debajo del nivel de subsistencia y se
encuentra desocupada y completamente desasistida. En términos relacionales, la
catástrofe social argentina es hoy el doble de grave que la crisis social
venezolana. Mucho más si consideramos que la tasa media histórica de
desocupación en la Argentina fue de sólo el 3%.
La «democracia de mercado» conduce a la catástrofe social, al igual que el
«socialismo» sometido a los dictados de la gran banca de la Costa Este de los
EUA. (y, antes, a las mafias de Moscú, siempre protegidas por sus vínculos con
Wall Street). Son los socialdemócratas del chavismo los que aspiran a convertir
a Venezuela en la «cola del león»: de un león sarnoso, desdentado y al borde de
la muerte. Otra forma de traición, diferente a la de la dirigencia argentina (menemista
o antimenemista) sólo en las formas.
La esperanza que ha despertado Chávez en toda la América Meridional radica
precisamente en que es un fenómeno que nace diferenciado, más aún, con capacidad
de diferenciarse y con voluntad para dignificar a pueblos y naciones oprimidas,
preservando siempre intacta la capacidad de defensa (o potencial militar).
Entendida siempre en su proyección continental, la revolución venezolana no sólo
es nacional (es decir, única) en su génesis, sino además nacionalista en sus
objetivos. No pertenece ni puede pertenecer a ninguna de las familias
ideológicas que hoy integran los sistemas sinárquicos globales hegemónicos: sean
éstos logias de «derechos humanos», indigenistas profesionales, fascistas
nostálgicos orgánicos a los servicios de inteligencia occidentales,
marxistas-leninistas con sed de venganza, socialdemócratas de mercado o
sionistas defensores de la política de exterminación del Estado (cada vez más
judío) de Israel.
Todos esos grupos, más algunos otros, pertenecen a la misma tradición teológica:
son los arrogantes de este mundo, los que sólo sobreviven como depredadores de
los pueblos. Ellos serán los enemigos en las próximas batallas.
Geopolítica y revolución
En dos programas de radio de gran audiencia («Punto de vista», emitidos durante
un total de cuatro horas (4 horas), los días 5 y 19 de agosto, por Radio
Intercontinental de Madrid) un grupo de periodistas españoles me acosó con
punzantes preguntas sobre Venezuela. En base a las grabaciones de ambos
programas intentaré sintetizar al máximo (brutalmente) esas cuatro horas
dedicadas a Venezuela.
Después de la relegitimación del Presidente, el principal problema de la
política interior de Venezuela (y el principal enemigo de la revolución
bolivariana) es la creciente influencia, en distintos niveles de gobierno, de un
grupo socialdemócrata de amplio espectro. Esa «izquierda progresista» (que va
desde los cubanófilos al MAS, pasando por los adecos recauchutados, hasta los
profesionales de los «derechos humanos» y del «indigenismo»), se quiere apropiar
del proceso, presentándolo ante el mundo como propio. Dentro del partido
comunista español ya se han echado las bases para viabilizar esta operación. Es
curioso porque esas personas, en toda Europa, hasta hace pocas semanas, se
referían al presidente Chávez como «ese golpista».
El avance de esta tendencia hace prever importantes conflictos ideológicos
dentro y fuera del gobierno, porque la socialdemocratización de la revolución es
la perversión de la revolución, ya que implica automáticamente su
desnacionalización: el vaciamiento de sus contenidos más profundos.
Visto desde este ángulo, el problema de la participación militar en la
conducción estratégica de la revolución bolivariana no es una cuestión ni
secundaria ni naïf. Constituye el núcleo del debate ideológico y, por lo tanto,
la piedra de toque del rumbo futuro de la revolución. En sentido inverso tampoco
carece de sentido la «cuestión cubana»: cuanto más próximos se encuentren ambos
modelos, mayor será la influencia de la socialglobalización sobre Venezuela.
De tal manera, hoy, la revolución bolivariana se debate entre dos opciones
excluyentes: la socialglobalista y la nacionalcontinentalista o bolivariana,
propiamente dicha. Al igual que otras tantas veces en la historia del mundo,
revolución y contrarrevolución coexisten, provisoriamente, dentro de un mismo
proceso político.
Fuera de este debate, la política venezolana ha adquirido una dualidad
esquizofrénica. Esto quiere decir que se ha escindido en dos partes
irreconciliables una con la otra. Mientras la política doméstica se mantiene a
nivel de gallinero, el Caudillo accede a la condición de líder internacional, en
su doble función de Presidente de Venezuela y de la OPEP, con un poder en el
mundo ya equiparable, como mínimo, al de cualquier jefe de Estado europeo.
La «clase política» venezolana ni se ha enterado de esta reencarnación del
Caudillo. Pretende lo imposible: hacerle creer al mundo que ella, que no es nada
ni nadie, puede existir sin Chávez. Pero mientras que con un solo gesto del
Caudillo el barril del petróleo ha superado los 32 dólares, los «padres
municipales de la patria», los socialglobalistas, sólo están preocupados por
ocupar la mayor cantidad de cargos (municipales) posibles.
Hasta hace pocas horas esa «ala izquierda» del gobierno bolivariano estaba
muerta en América y en el mundo. Ahora, por ejemplo, está muy preocupada en des-geopolitizar
el reciente viaje del Presidente a países miembros de la OPEP. Pero el enemigo
auténtico no se deja engañar. Sabe que lo que está en juego es muy importante:
la creación de un vector geopolítico a partir de la OPEP representa una gran
alternativa de resistencia al mundo unipolar, o global.
Si a ese vector geopolítico se le suma la posibilidad de comenzar a
continentalizar la revolución en la América Meridional, revalorizando la
capacidad política de las fuerzas armadas, humilladas y destruidas por la
globalización, estaremos en presencia de una poderosa realidad estratégica
vitalmente transformadora. Es precisamente contra ella donde hoy apuntan las
armas de la izquierda liberal-progresista, que fue siempre la otra cara de la
moneda del poder imperial: en el siglo XIX británico y en el XX norteamericano.
La nueva clase
Periodista: —Norberto Ceresole dijo, en un artículo reciente, que a raíz de las
últimas declaraciones del ministro de la Defensa y de Chávez se consolida la
idea de que el Presidente está pensando en una democracia en la que participan
él (Chávez), el pueblo y los militares como organización intermedia.
Isaías Rodríguez, Vicepresidente de Venezuela: —Esa tesis la viene esbozando
Ceresole desde la época en que fue asesor de Juan Velasco Alvarado. El cree en
una concepción neofacista, en la que los partidos no tienen participación
alguna. Incluso con una concepción antisemítica, que le da un carácter religioso
a su propuesta. No participamos ni de la concepción neofacista y antisemítica,
ni mucho menos de la desaparición de los partidos. Es indispensable que los
partidos en una democracia canalicen la relación entre los ciudadanos y el
Estado. Pero deben ser otros partidos. Creo que deben aparecer nuevos actores en
la democracia venezolana. Individuales y colectivos. Incluso, nosotros mismos,
que formamos parte de este proceso, debemos darle paso a esos nuevos actores.
Nosotros, con toda la buena fe, de alguna manera tenemos contaminación con todo
lo que ha sido esta democracia que queremos sustituir.
Periodista: —¿El hecho de que un ministro de la Defensa y un alto oficial como
el general Manuel Rosendo expresen su adhesión al proyecto revolucionario del
Presidente, no nos acerca a la tesis de Ceresole?
Isaías Rodríguez: —No lo entiendo así. Hay una lectura a las palabras de Rosendo
que forma parte de la coyuntura electoral. Es necesaria la participación de
todos los ciudadanos en la construcción de la nueva República. No puede ser obra
de un estamento especial. Para mí, las palabras de Rosendo son el compromiso con
el cambio que el país necesita. No es el compromiso con un proyecto determinado.
El Nacional, viernes 28 de julio de 2000
«... se desarrolla la tesis ceresoliana del caudillo militar que gobierna
directamente con las masas sin la intermediación de los partidos... En cuanto al
ceresolianismo no es más que una de las tantas maneras de descalificar la
propuesta de Chávez, destinada a rescatar el protagonismo popular en la
construcción de una democracia verdadera».
Isaías Rodríguez, «Los paradigmas del nuevo tiempo», El Universal, 8 de agosto
de 2000.
Entre el principio caudillista de legitimidad, y las viejas pero intactas
estructuras mentales, políticas e institucionales, se está instalando en
Venezuela una Nueva Clase dirigente. Esa Nueva Clase tiene una ideología y
además pretende adquirir una autoconciencia. Su ideología está dentro de los
parámetros clásicos de la historia política de Venezuela, cuya evolución es en
esencia una historia socialdemócrata de amplio espectro. Yo no veo rupturas
ideológicas importantes entre la Nueva Clase y anteriores formaciones
burocráticas progresistas y democráticas. En cuanto a la adquisición de una
conciencia de sí, estamos presenciando en la actualidad la elaboración de un
nuevo principio de autolegitimidad, ubicado en las antípodas del principio
caudillista de legitimidad (al menos tal como yo lo he elaborado en mis
trabajos).
La primera operación de toda Nueva Clase fue siempre esa: encontrar un principio
para autolegitimarse y legitimarse. En tiempos del «socialismo real» esta era
una operación relativamente sencilla. La teoría leninista ofrecía todas las
herramientas necesarias para emprender la faena, a partir del corpus teológico
historia-proletariado-partido.
Pero en el caso venezolano esto ahora se complica, porque si mis análisis son
ciertos, en los últimos tiempos aparece la figura de un Caudillo, que es la
persona a la que el pueblo ordena dirigir.
«La orden que emite el pueblo de Venezuela ... es clara y terminante. Una
persona física y no una idea abstracta o un «partido» genérico» fue delegada por
ese pueblo para ejercer un poder. La orden popular que definió ese poder físico
y personal incluyó, por supuesto, la necesidad de transformar integralmente el
país y de reubicar a Venezuela, de una manera distinta, en el sistema
internacional» (Norberto Ceresole, «Caudillo, Ejército, Pueblo», pg.29, Al-ándalus,
Madrid, febrero de 2000).
Por lo tanto esta nueva clase, en el mejor de los casos, tendrá una legitimidad
secundaria, o derivada de la legitimidad principal que es la que emerge de la
relación Caudillo-Pueblo. Lo que representa un «handicap» fatal, una debilidad
de origen irreversible, al menos mientras funcione la legitimidad que ofrece el
principio caudillista. Yo no conozco ningún sistema político que haya podido
funcionar a partir de una legitimidad derivada. De allí la urgencia que tiene la
Nueva Clase para encontrar, pronto, una legitimidad original.
Para ello se echa mano a uno de los tantos mitos racionalistas que, en conjunto,
han provocado un enorme daño a todo lo largo del siglo XX: en este caso, el Mito
de la democracia directa. En términos estrictos, la nueva clase es el partido de
la democracia directa. Cuanto más directa sea la democracia —dice el Mito— menos
necesaria será la presencia del Caudillo. Cuanto más democracia directa, menos
«atraso» político. Porque nunca debemos olvidar el dogma fundacional de la
sociología occidental: el caudillismo es una forma «primitiva», «asiática», de
representación política. Lo opuesto al caudillismo es la democracia: la
tradición contra la modernidad. Y si la democracia es directa, mucho mejor,
porque esa sería la forma utópica final del «socialismo democrático», que es
otra contradicción insoluble.
En tanto Mito, el de la democracia directa es hijo legítimo de otros peores,
todos ellos elaborados entre los siglos XVIII y XIX, como por ejemplo el
roussoniano del hombre naturalmente bueno, o el positivista de la razón versus
el irracionalismo, o el capitalista de la conquista de la naturaleza, o el
freudiano de un consciente «bueno» enfrentado a un inconsciente al que hay que
reprimir, o el marxista-leninista de las bondades innatas y las virtudes
extremas y eternas de la raza obrera (blanca-europea), y un largo etcétera de
sangrientos fracasos.
La Nueva Clase tiene su Mito pero también tiene su lógica. En tanto partido de
la democracia directa es absolutamente incompatible con el principio de la
legitimación caudillista. Como todo grupo diferenciado y autodiferenciado
buscará su expansión, incrementando al máximo posible su poder (la
autoadjudicación de sueldos generosísimos por los neodiputados es sólo una parte
de este proceso de «autoconciencia»).
En este punto, y para utilizar un lenguaje menos abstracto, permítaseme
reproducir un párrafo de un artículo mío anterior: «... el principal problema de
la política interior de Venezuela (y el principal enemigo de la revolución
bolivariana) es la creciente influencia, en distintos niveles de gobierno, de un
grupo socialdemócrata de amplio espectro. Esa «izquierda progresista» (que va
desde los cubanófilos al MAS, pasando por los adecos recauchutados hasta los
profesionales de los «derechos humanos» y del «indigenismo»), se quiere apropiar
del proceso, presentándolo ante el mundo como propio... El avance de esta
tendencia hace prever importantes conflictos ideológicos dentro y fuera del
gobierno, porque la socialdemocratización de la revolución es la perversión de
la revolución, ya que implica automáticamente su desnacionalización: el
vaciamiento de sus contenidos más profundos» (Norberto Ceresole, «Geopolítica y
revolución», en Venezuela Analítica, 25 a agosto de 2000).
La Nueva Clase ostentará su modernidad y fingirá que aspira a darle el poder «al
pueblo» quitándoselo al Caudillo; pretendiendo no advertir que el Caudillo (esa
legitimidad «reaccionaria» e «irracional») es la verdadera representación
democrática-concreta de un pueblo-concreto (porque por él fue creada). Pero ese
pueblo-concreto no es necesariamente «democrático»: para él esa palabra
—adjetivada o no— resume décadas (toda una vida) de humillación nacional y de
pobreza social.
La Nueva Clase exigirá la «devolución del poder». Un «retorno» del poder al
«pueblo». Para ello buscará la ruptura.
«El pueblo de Venezuela generó un caudillo. El núcleo del poder actual es
precisamente esa relación establecida entre líder y masa. Esta naturaleza única
y diferencial del proceso venezolano no puede ser ni tergiversada ni mal
interpretada. Se trata de un pueblo que le dio una orden a un jefe, a un
caudillo, a un líder militar. Él está obligado a cumplir con esa orden que le
dio ese pueblo. Por lo tanto aquí lo único que nos debe importar es el
mantenimiento de esa relación pueblo-líder. Ella está en el núcleo del poder
instaurado. Es la esencia del modelo que ustedes han creado. Si ella se
mantiene, el proceso continuará su camino; si ella se rompe el proceso
degenerará y se anulará una de las experiencias más importantes de las últimas
décadas. Esa es la relación que hay que defender sobre todas las cosas. Por lo
tanto será necesario oponerse con toda energía a cualquier intento que pretenda
«democratizar» el poder. «Democratizar» el poder tiene hoy un significado claro
y unívoco en Venezuela: quiere decir «licuar» el poder, quiere decir «gasificar»
el poder, quiere decir anular el poder... Así y todo tiene que haber un proceso
de «devolución» del poder. Ello fue parte del mandato que recibió el líder. Pero
esa «devolución» del poder no debe significar una disminución o eliminación del
poder de uno de los polos de la ecuación (el Caudillo), de ese polo que hemos
llamado líder. Esto quiere decir que no puede haber poder popular sin la
existencia permanente de un liderazgo fuerte. Por lo tanto no es correcto usar
la palabra «devolución». Tendremos que pensar más bien en el reforzamiento mutuo
de un poder que sólo existe cuando se comparte: cuando ambos polos, el líder y
la masa, comparten un mismo poder. Porque la desaparición del líder dejaría a la
masa en estado de absoluta indefensión. No hay un sólo ejemplo en la historia
del mundo, desde los orígenes hasta nuestros días, que nos demuestre que las
cosas hayan sido de otra manera» (Norberto Ceresole, «Caudillo, etc...», op. cit,
pgs. 58-65).
En el límite la Nueva Clase intentará fracturar una relación positiva (la
existente entre un pueblo concreto y un Caudillo de carne y hueso, y la única
posible para asegurar el «progreso» de una comunidad en términos prácticos), en
nombre de un Mito aberrante: el de un pueblo bueno —es decir abstracto o
genérico— con plena e innata capacidad para gobernarse así mismo. Es la
delirante versión postmoderna, elaborada por el marxismo, y no sólo por el
marxismo soviético, de la «raza obrera», poseedora de todas las virtudes humanas
y de ninguno de sus defectos. Sólo una raza, antes que una simple clase, podía
haber sido elegida para cerrar mesiánicamente la Historia.
Entre Jimmy Carter y Frantz Fanon: ¿Es el chavismo una versión levemente
«militarizada» de la vieja socialdemocracia?
El presidente Chávez ha sido ampliamente re-legitimado y, con él, todo su
gobierno. Pero aún los cargos electos por voto popular dentro de ese gobierno
constituyen una «formación secundaria» o derivada, lo que significa que no
tienen representatividad propia fuera del manto protector del principio
caudillista de legitimidad. Estamos hablando, por supuesto, en términos
sociológicos y no jurídicos o legales.
Lo urgente es ahora resolver lo que los antiguos marxistas llamaban «la cuestión
ideológica»; es necesario saber qué es lo que el pueblo de Venezuela a
re-legitimado.
Para el vicepresidente-a-dedo (un caso típico de legitimidad secundaria o
derivada), quien muy probablemente no hubiese sacado ni una docena de votos de
no haber sido cooptado por el principio caudillista de legitimidad, el chavismo
no es más que la «verdadera democracia»: «Creo que deben aparecer nuevos actores
en la democracia venezolana. Individuales y colectivos. Incluso, nosotros
mismos, que formamos parte de este proceso, debemos darle paso a esos nuevos
actores. Nosotros, con toda la buena fe, de alguna manera tenemos contaminación
con todo lo que ha sido esta democracia que queremos sustituir... Es necesaria
la participación de todos los ciudadanos en la construcción de la nueva
República. No puede ser obra de un estamento especial».
Para el señor Isaías Rodríguez el pueblo de Venezuela ha vuelto a legitimar la
renovación de la democracia en Venezuela. Una democracia con contenido social:
una social-democracia, en suma. ¿Es que las democracias de los «últimos cuarenta
años» no tuvieron contenido social? Hasta ahora seguimos siendo incapaces de
percibir la diferencia entre el ayer y el hoy. ¿Qué es el chavismo, entonces?
¿Algo distinto o más «cantidad de democracia»?
Por más adjetivos que se le adjunte al sustantivo «democracia» no llegamos nunca
a definir el chavismo. Ese es el drama de la inteligentsia adjunta a la Nueva
Clase. Es manifiesta su incapacidad para realizar una verdadera «misión
imposible», para definir algo distinto y que a su vez coincida con sus
principios dogmáticos. Por eso el chavismo no ha tenido, no tiene ni podrá tener
«intelectuales orgánicos», como decía Gramsci, provenientes de las «Academias
Liberales». Todos los intelectuales de izquierda que en este momento abrevan en
la burocracia chavista tienen el mismo origen filosófico: son los hijos de las
«luces», los herederos de la «razón», los paladines de la «justicia» y los
negacionistas del Gulag. Todos ellos juntos jamás podrán explicar al chavismo,
aunque sí deformarlo, convertirlo en otra cosa, socialdemocratizarlo, en suma.
Ponerlo entre Jimmy Carter y Franz Fanon.
Por el contrario, yo he intentado elaborar una explicación del fenómeno,
tratando de construir un discurso coherente y sistemático, pero eso sí, fuera de
libreto (es decir, fuera del sistema). Esta es una de las causas que explica
tanto odio acumulado contra mi persona. En principio fue el odio del sistema
puro y duro (primera expulsión, junio 1995), que luego fue transferido a y
asumido por la Nueva Clase que pretende la representación del chavismo. Mis dos
expulsiones físicas de Venezuela sólo se diferencian entre sí en las
formalidades (en la última, marzo de 1999, no hubo en verdad malos tratos: sólo
amenazas telefónicas del descerebrado Jesús Urdaneta).
A partir de allí, con esa experiencia a cuesta, he llegado a disponer de una
visión muy amplia sobre la magnitud y la envergadura del bloque de fuerzas que
tengo enfrente mío. Él está implantado no sólo en Venezuela sino sobre todo en
determinados sectores «progresistas» de los Estados Unidos. No hay que olvidar
que quien legitima internacionalmente el proceso democrático venezolano es Jimmy
Carter, quien en su momento fue el primer presidente norteamericano en viajar a
Israel. También durante su presidencia se oficializó la ideología o teología del
Holocausto, algo que hasta ese momento no existía tal como hoy la conocemos.
«Las élites judías americanas recordaron el Holocausto Nazi antes de junio de
1967 sólo cuando vieron que resultaba políticamente eficaz. Dada su demostrada
utilidad, el Judaísmo Americano explotó el Holocausto Nazi después de la guerra
de junio. El Holocausto demostró ser el arma perfecta para descalificar y evitar
cualquier clase de crítica a Israel» (Norman G. Finkelstein, «The holocaust
industry», Verso, London, 2000). El joven historiador judío-norteamericano (Hunter
College, Universidad de Nueva York) recuerda lo que siempre le decía su madre,
ex prisionera en el campo de Maidanek, ante la existencia de tantos
«supervivientes» en busca de una indemnización: «Si todos éstos han sobrevivido
y son verdaderos, entonces, ¿a quién mató Hitler?»
Curiosa posición en la que ha sido puesto un presidente que declara estar con la
causa Palestina. Esto quiere decir que el «progresismo» internacional intenta
cooptar a Chávez a través de la Nueva Clase y de una inteligentsia blanda y
devaluada, ubicada fuera del espacio y del tiempo, es decir, viviendo aún en
otros tiempos y en otros espacios. Esta es la raíz del problema de mi
«expulsión» de la política Venezolana.
Mi definición de chavismo, que he expuesto en un libro y numerosos artículos
posteriores, conforma un complejo sistema de ideas. Parte de una lectura de los
acontecimientos: un pueblo definiendo a «su» Caudillo. El pueblo no se
«autogobierna»: decide gobernarse a través de un Caudillo. Por lo tanto toda
organización política es un factor subsidiario —aunque administrativamente
necesario— dentro del nuevo orden constituido. De inmediato, el relevante papel
de la Fuerza Armada: ella es quien de verdad otorga continuidad al proceso. Si
se hubiese producido una sola fractura militar (tal era el objetivo final real
de la candidatura de Arias Cárdenas) la operación política hubiese abortado en
su totalidad. Esta «dolorosa» realidad no será nunca reconocida por la Nueva
Clase. Luego vienen las definiciones y las realizaciones geopolíticas,
totalmente inéditas en la historia de Venezuela. En definitiva, trato de
desarrollar una formulación «ideológica» positiva, o lo que es lo mismo, una
definición entendible de chavismo tratando de no caer en el absurdo de definir
al chavismo como una mera Democracia Plus, y sin la necesidad de tener que
recurrir a modelos exógenos ni a autores que fueron importantes en el viejo
mundo bipolar.
Como recuerdo en mi libro «La falsificación de la realidad» (Libertarias,
Madrid, 1998, p.189. Ver recuadro), yo leí a Franz Fanon hace exactamente 30
años. En esos momentos no sabía que era una figura fabricada en la «rive gauche»
por uno de los grandes falsificadores de la realidad de este siglo, Jean Paul
Sartre, sionista profesional y diseñador de «modelos» para su exportación al
«tercer mundo» revolucionario de entonces: en realidad un submundo lleno de
basura ideológica producto de la llamada bipolaridad. Quedé estupefacto cuando
escuché que el presidente Chávez lo citaba desde una tribuna internacional.
Estupefacto y un tanto avergonzado. ¿Es necesario recurrir a escritores que
pertenecen a un tiempo que ha desaparecido definitivamente? Esto tiene una sola
lectura: no existe prueba más evidente de la imposibilidad de la inteligentsia
llamada chavista para adecuar una realidad a un esquema. No tienen ni tendrán
jamás un discurso revolucionario. Se han quedado en el paleolítico de la
Weltanschauung liberal-marxista.
Frantz Fanon. En: Norberto Ceresole, La falsificación de la realidad,
Libertarias, Madrid, 1998.
Fue quien más influyó sobre nosotros en aquellos años. El escritor negro Frantz
Fanon, un médico psiquiatra nacido en la Martinica francesa había militado
activamente en el FLN argelino. He vuelto a leer, también después de treinta
años, los tres libros de Fanon: Los condenados de la tierra, Piel negra, máscara
blanca y Escritos sobre la revolución africana.
Para Fanon la negritud, o la conciencia de ser árabe, produce, obviamente,
hombres distintos al hombre blanco. La diferenciación racial, el colonialismo,
la humillación del colonizado, produce odio, que es la materia prima para la
generación de la violencia. No puede haber descolonización sin violencia.
Pero la violencia así
originada, a partir de la diferenciación racial y de la conciencia que el
colonizado toma de ella, es efímera. Esa violencia no es la revolución. Para
asegurar el pasaje de la violencia racial a la revolución social, el colonizado,
que odia sobre todo al blanco, tiene que transformar su alma. Es decir se tiene
que convertir en «proletariado blanco», desde el punto de vista de su conciencia
social. Mientras no transforme su naturaleza racial y la convierta en conciencia
social, al mejor estilo del racionalismo europeo, la rebelión no devendrá en
revolución. El negro, en definitiva, es un mero colonizado, mientras que el
blanco es un simple colonizador.
Resultan particularmente patéticas las páginas de Escritos sobre la revolución
africana, en las que Fanon apela a la izquierda blanca francesa —socialistas y
comunistas— para que apoyen verdaderamente al proceso de la revolución argelina,
y no se atengan a modelos más o menos estrictos de Comunidad Francesa abarcante
de una Argelia «autónoma». Fanon, a diferencia de Lenin, murió con la idea de
que la «verdadera» revolución era la revolución social europea.
Para Fanon, en última instancia, el racismo del hombre blanco contra el
colonizado no blanco no es cualitativamente distinto del racismo del «ario»
contra el judío. La negritud de Fanon estuvo siempre recubierta por el manto de
plomo de la blancura del racionalismo europeo. En Piel negra, máscara blanca
cita extensamente las ideas de Jean-Paul Sartre sobre la «cuestión judía». Ese
gran hipócrita es quien prologa el último de los libros del «pobre negro», Los
condenados de la tierra. Fanon es uno de los tantos prisioneros del modelo
sartreano ario-judío, y lo aplica a las relaciones blanco-negro.
Lo curioso es que Fanon escribió sus ideas casi 20 años después de la fundación
del Estado de Israel. El autor de la teoría sobre el colonialismo que más
influencia tuvo en el «tercer mundo» de aquellos tiempos, no vio, simplemente,
el fenómeno colonial por excelencia. Entre él y la realidad estaba la sombra de
Jean-Paul Sartre y de todo un «marxismo-leninismo» laico existencial reelaborado
para consumo exclusivo del «tercer mundo». Tal vez la re-lectura de los escritos
de Fanon nos dé la clave del porqué la «revolución africana» abortó en un lago
de sangre. Ni Fanon ni África pudieron finalmente pensar ni pensarse con
independencia de Europa. Una vez más los blancos habían vencido.
Anexo documental. Entrevistas
Miércoles, 21 de junio de 2000
Otra exclusiva de Analitica.com: Ceresole visto por él mismo. El Ejército debe
participar en la ejecución del proyecto porque es la única institución realmente
organizada. Norberto Ceresole. Llegó con un traje claro de verano, de modesta
factura. Sin aspavientos, sin ferocidades, un argentino de hablar directo que no
se deja vencer por su tartamudez. Norberto Ceresole vive sin alardes en un
pueblito de la Sierra madrileña con sus múltiples libros y el aire puro de la
montaña. De sonrisa fácil y manos grandes, niega sus presuntos fascismos y habla
con cariño de Hugo Chávez pero con angustia por algunos desvíos chavistas. Está
en total desacuerdo con Fidel Castro, y afirma que no tiene nada contra los
judíos como religión, pero sí contra Israel como país que ha desplazado sin
piedad al pueblo palestino. Usted puede no estar de acuerdo con sus
planteamientos, pero sin duda que los expone con pasión y con eficaz y
comprensible razonamiento. Norberto Ceresole es un ideólogo a quien sus teorías
y contactos no han hecho rico, pero que persiste en ellos con sinceridad y
siempre dispuesto a oír y a responder. Norberto Ceresole dio una muy peculiar
entrevista a Venezuela Analítica en la cual enfrenta los temas duros y
profundiza otros que no suelen plantearle los periodistas venezolanos. Lo que
sigue es lo que Norberto Ceresole confesó a Emilio Figueredo, Alfredo Maldonado
y Manuel Urdaneta.
VA: América Latina está atravesando una etapa difícil, hay crisis
institucionales en varios países. ¿En su opinión, cuál es la causa de esta
crisis y desajustes que se han convertido ya en crónicos y cómo puede superarse
el círculo vicioso de autoritarismo y de democracia inefectiva? Y para redondear
esta pregunta: ¿qué entiende usted por postdemocracia?
Ceresole: Ese círculo vicioso entre democracia y autoritarismo en verdad no
existe, es ficticio. En toda la historia de América Meridional siempre hubo una
perfecta continuidad entre democracia y autoritarismo, nunca hubo ruptura entre
lo que se llamó un sistema democrático y lo que se llamó un sistema
autoritarista o autoritario; siempre gobernaron los mismos. La práctica
económica que se diseña, por ejemplo, en un gobierno autoritario, trasciende y
se aplica luego con mayor o menor consenso en un gobierno democrático, y la que
se diseña en uno democrático, se aplica en un gobierno autoritario. De tal
forma, yo no soy partidario de hacer ese tipo de diferenciación que pertenece a
la escuela sociológica norteamericana; prefiero atenerme a la lectura de la
realidad. La realidad indica siempre que hubo continuidad, mucha continuidad
entre autoritarismo y democracia en nuestros países. Por lo tanto, no es cierto
que haya una dicotomía, no es cierto que haya estrategias distintas; ciertamente
hay tácticas distintas, hay formas distintas, hay modales distintos, pero no
estrategias distintas.
Ahora, ¿qué entiendo yo por postdemocracia?. En mi opinión constituye un sistema
que funcione, es decir, algo que sea aplicable a la realidad de nuestros países
y no la importación de un modelo, de una doctrina, de una teoría que nunca ha
funcionado en nuestros países. La doctrina, en tanto doctrina democrática, no
sólo no ha funcionado en nuestros países, sino que no funciona en casi ningún
lado. Aquí en Europa, por ejemplo, aquí los electores que votan a un diputado,
no saben cómo se llama ese diputado. Aquí en España, nadie, ningún elector
español, sabe cómo se llama el diputado al cual ha votado. Ese diputado fue
elegido, es un funcionario del partido que fue elegido y nadie sabe quién es ese
señor. Por lo tanto, la democracia en un sentido dogmático, doctrinario, no
existe en ningún lado, menos en nuestros países donde hay una serie de
interferencias económicas, estratégicas, culturales. Entonces lo que yo entiendo
por postdemocracia es la búsqueda de un sistema que funcione, sobre todo que
funcione, y posiblemente ese sistema no necesite de partidos políticos clásicos,
posiblemente, no es seguro, eso se verá. Posiblemente, reitero, no necesite de
toda la parafernalia doctrinaria que trae la democracia como doctrina; en todo
caso, es una hipótesis que funciona o no funciona. Yo creo que en el caso de
Venezuela no se trata de ver lo que nosotros queremos, se trata de ver lo que
realmente fue. Y lo que realmente fue, es que el día 6 de diciembre de 1998 el
pueblo de Venezuela votó a una persona, no votó a un partido, porque no lo hay,
ni lo había ni lo hay; no votó a una ideología porque ni la había ni la hay. No
votó a nada que no fuese una persona física. Ese es el hecho concreto. A partir
de ahí yo arranco mi libro, sobre la base de un dato que se puede verificar en
la realidad. Puede gustarte o puede disgustarte.
VA: Para precisar esa última afirmación: en el texto de su libro (Caudillo,
ejército, pueblo) usted habla de que el líder es producto de un mandato popular.
Sin embargo, ese mandato popular, que es la expresión del pueblo, imprime al
líder con una misión importante. Si lo vemos por ejemplo en los esquemas
tradicionales, fue bastante relativo, no relativo en cuanto a la intención pero
en cuanto a la votación. El presidente tuvo un mandato en las elecciones de 1998
de un 57% sobre un 40% que votó, es decir, que hay una expresión de alguna
significación o de algún contenido que no lo ungió. ¿Qué significado puede tener
eso?
Ceresole: Usted dice que hay que tener en cuenta a las minorías, exactamente.
VA: O al revés, que quién votó por Chávez como individuo, independientemente de
la causa, de la causa de la debacle de Acción Democrática, todo ese tipo de
cosas, ungió a Chávez, pero fue una minoría.
Ceresole: Pero en todo caso una minoría muy efectiva y en todo caso muy superior
a las minorías que dan vida a los gobiernos, por ejemplo en Europa que son mucho
más minoritarios. Los gobiernos en Europa, normalmente, de media digamos, no
sobrepasan el 30% de los votos, en este caso Chávez ha superado con creces esta
cifra. Por lo tanto, todos los calificativos que se le han hecho de dictador y
cosas peores, no son aplicables salvo que se quiera deformar la doctrina; salvo
que un voto no sea un voto. Salvo que ese voto como se ha dicho aquí en Europa,
en relación con Haider, en Austria, tenga ADN antidemocrático, esto se ha dicho
y mucho se ha escrito sobre esto. Ahora, si esos votos, como los de Chávez,
tienen ADN antidemocrático, esa es otra cuestión, en todo caso es un tema
biológico.
VA: Usted ha sido satanizado en Venezuela por considerársele que ha ejercido o
ejerce una influencia negativa sobre el presidente Chávez por impulsar los
conceptos que están expresados en sus escritos y más recientemente en su libro,
relativos a la relación caudillo-ejército-pueblo y la posibilidad de la creación
de un movimiento, una fusión entre pueblo y ejército como mecanismo de acción.
La pregunta en concreto es la siguiente, ¿cree usted que sus ideas pueden
derivar en un fundamento o en una base para un neoautoritarismo sin contrapeso?
Ceresole: Ninguna persona en ningún lugar del mundo, en ninguna época, tuvo la
capacidad para que sus ideas puedan provocar situaciones políticas de hecho; eso
no ha sucedido nunca, por lo tanto, menos en este caso. De tal modo, no tengo el
poder para provocar una situación o un cuadro político determinado positivo o
negativo, por tanto eso es descartable. Yo soy un intelectual que he escrito de
unas cosas y eso ha provocado lo que ha provocado en Venezuela, puede haber otro
intelectual que diga lo contrario y bueno, ahí vamos a discutir francamente, ahí
sí puede caber la palabra democráticamente, civilizadamente, a ver qué es lo que
pasa. Lo que pasa es que conmigo la intelectualidad venezolana no vino a
discutir democráticamente, excepto ustedes ahora. No vino a discutir
democráticamente; vino a por mi yugular, vino a ver cómo me cortaban la yugular
rápidamente. Esto a mi me parece mal, me parece francamente reprobable en
personas democráticas, acusarme a priori, y entender que yo pienso de tal manera
aunque no pienso de esa forma. Me han puesto al lado de Fidel Castro, y yo con
Fidel Castro no tengo nada que ver. Ahora tengo que hacer un esfuerzo para
deslindarme de ello, cosa que no debían haberlo hecho. En fin, fui satanizado
por muchos motivos. A mí me expulsan de Venezuela en 1995, creo que fue en junio
de 1995, me expulsa una Disip que estaba en ese momento dirigida y gobernada por
el Mossad israelí. Porque ustedes saben muy bien que nadie hacía carrera en la
Disip si no hacía su curso en Israel, en el Mossad. La persona que a mí me
interroga todo el día, doce horas, se llama Israel Weiser, que era Director
General de Inteligencia de la Disip. Hay un montón de claves. En esa época ya
estaba trabajando en la hipótesis que luego escribí en varios libros. Escribí
varios libros sobre un suceso en la Argentina y a partir de ese momento fui
demonizado, porque cometí un pecado. Yo no sabía que había un determinado sector
del mundo, de la población del mundo, a la cual no se le puede ni tocar.
VA: Lo que usted quiere decir en el fondo es que el inicio de la demonización
surge porque usted enfrenta en un momento dado una determinada visión o un
determinado análisis de la realidad que tiene Israel. Entonces, desde ese punto
se le ha acusado de fascista.
Ceresole: No, no.
VA: De ser fascista, antisemita. Ceresole, ¿es antisemita?
Ceresole: No, no, absolutamente.
VA: Puede explicarnos un poco porqué, entonces, ese mito.
Ceresole: Hasta que escribí estos libros en 1994, en 1995, yo nunca había
hablado del tema de los judíos. Para mí todos los pueblos son iguales, para mí
un judío era igual que cualquier otra persona, era exactamente igual que
cualquier otra persona, pero a partir de ese momento las cosas han cambiado,
porque yo me he dado cuenta de cosas que antes no sabía. Yo he viajado para
seguir mi hipótesis, he viajado al Líbano, a Irán, etc. y desde ese momento me
convertí en Satán. Así de simple. Pero yo no soy antisemita. Ahora bien, sí soy
un crítico de la política del Estado de Israel.
VA: ¿Del Estado de Israel?
Ceresole: Naturalmente, de ese Estado criminal que tira bombas, mata gente,
tortura gente. Israel es el único país del mundo donde la tortura está permitida
legalmente, allí hay cárceles secretas, si hasta sale en los periódicos. Hablar
de eso es un pecado muy grave, yo no sabía que era un pecado grave. Entonces el
señor israelí de la Disip, Weiser, me preguntaba —cuando yo estaba ahí esposado—
cosas que yo ni sabía: Si yo era de Bandera Roja, por ejemplo, y yo ni sabía qué
era Bandera Roja, de verdad que no sabía lo que era Bandera Roja.
VA: Un foco marginal ¿no?
Ceresole: Después me quería meter en un complot, qué se yo. Es verdad, fue como
un castigo que se me dio por mis investigaciones. Luego quisieron juntar a
Chávez conmigo, en el sentido que somos iguales, que mis virus los transmito a
él y él es el portador de los virus, cosa que es ridícula es como se cazaba las
brujas antes. Eso no lo acepto. Además, no estoy dispuesto a revisar mis
teorías, no estoy dispuesto porque hasta el día de hoy son ciertas.
Hasta el día de hoy no hay detenidos en Argentina por implicación directa en los
dos atentados terroristas, que primero detengan a los culpables y después vemos
quiénes fueron. Yo tengo la convicción profunda de que lo que yo dije desde el
primer día sobre estos temas se está cumpliendo, por lo tanto no tengo por qué
revisar mis posiciones. Ahora, claro, se quiere culpar a Chávez de que yo soy
antisemita, y Chávez que tiene su cerebro lleno de Ceresole, toda su materia
gris y blanca. La verdad es que no sé muy bien qué tiene él en su cerebro.
VA: Usted ha sido amigo de Chávez o lo ha acompañado, ha conversado muchísimo
con él.
Ceresole: Yo sí me considero amigo de él.
VA: Pero en todo ese tiempo que Chávez llama «el cruce del desierto» ¿qué diría
que fue el mensaje que le dejó?
Ceresole: El mensaje que le di a Chávez estaba en mis libros anteriores, yo soy
en realidad un experto en temas de sociología militar, esa sería la definición
técnica de lo que hago o hacía antes que empezara con otras cuestiones. He
escrito cantidad de libros sobre el tema militar en la Argentina. Cuando estaba
en Perú con Velasco Alvarado, estuve presente en la firma del acuerdo
soviético-peruano, que fue el acuerdo militar más importante, excepto Cuba, que
firmas los soviéticos en América; por supuesto, a partir de ese momento los
soviéticos me propusieron que viajara a Moscú, fui entonces a Moscú y me
hicieron miembro de la Academia de Ciencias, seguramente no por nazi ni
fascista. No es culpa mía.
VA: Ya sería ..... demasiado.
Ceresole: Echarme la culpa, exacto. Bueno, tuve una relación con los soviéticos
de muchos años a partir de ese acuerdo peruano-soviético, acuerdo que fue muy
importante. Y la única persona en ese momento, a la vista de ellos, que
trabajaba la cuestión militar, o sea, relación sociedad-ejército, relación
tecnología militar-tecnología civil, era yo, en toda la América del Sur.
Entonces yo fui traducido al ruso. Yo fui rusificado. Rusificado, no
«comunizado».
VA: ¿Qué crees tú que le quedó a Chávez?
Ceresole: Yo creo que Chávez leyó mucho mi li